La vaquilla

Termino de ver La vaquilla y me asomo a la ventana para escudriñar los cielos. El sol ha caído varios grados en el horizonte, y el perrete no para de enredar entre mis piernas, así que cojo mi mochila, y su correa, y salimos a recorrer los senderos. En el ipod voy escuchando la propaganda comunista que Juan Carlos Monedero soltó el otro día en un akelarre de rojos muy peligrosos. Mientras remonto la primera cuesta exigente de la tarde, Monedero habla del complejo de la izquierda española, que nunca se atrevió a presumir de sus viejos logros, ni de sus viejos héroes. Entre los varios ejemplos que se le van ocurriendo, el profesor dice de pronto, como si hubiera conocido de antemano mi agenda cinéfila:

    "Los italianos hicieron Novecento, y nosotros nos tenemos que conformar con La vaquilla".



    Y ahí, de pronto, tras media hora de asentir a todo lo que Monedero predica y denuncia, me entra como un enfurruñe, como un disgusto, porque el profesor, aunque sea un hombre inteligente y culto, a veces se deja llevar por los prejuicios, y uno de ellos, archirrepetido en los últimos treinta años, es que La vaquilla fue una ocasión perdida para hacer la gran película española sobre la Guerra Civil. Que Azcona y Berlanga, en lugar de hacer escarnio de los vencedores y reivindicación de los vencidos, se pusieron como dos irresponsables a rodar una chanza, una broma sin ácido sobre cinco soldados republicanos que se infiltran entre las líneas franquistas para joderles la fiesta del domingo. Y qué esperaban, digo yo, Monedero y los otros rojos seculares. Azcona y Berlanga siempre fueron a su bola, a su género, y no iban a convertir La vaquilla en un documental sobre la batalla del Ebro, ni en un Novecento de cinco horas de duración que durmiera incluso a las ovejas más concienciadas. Además, qué quieren que les diga: a mí La vaquilla siempre me pareció una película radicalmente combativa, radicalmente política, aunque no usara la tragedia sangrienta ni la música grandilocuente para lanzar sus dardos, y sí el humor afilado y recoñón, que eran las especialidades de la casa. El retrato que Azcona y Berlanga hacen de los prebostes franquistas, y de los curas que les bendecían, no puede ser más hiriente, más ridículo, más deshumanizador. A veces la comedia resulta más guerrera que la tragedia en crudo. Ahí está el El gran dictador de Chaplin, el Ser o no ser de Lubitsch. ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, que a falta de otros referentes más enjundiosos, ha quedado como la gran película sobre la Guerra Fría, la que mejor retrató la locura, la insania, la psicopatía de sus responsables.


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