La escopeta nacional

En 1978, Azcona y Berlanga decidieron que había llegado la hora de hacerle la autopsia al franquismo. Sus películas anteriores habían sido radiografías del enfermo, chequeos del paciente, pero ahora, con el régimen de cuerpo presente, tocaba hacer un examen mordaz y exhaustivo de sus vísceras, y de sus entresijos intestinales. Lo que salió a la luz fue una podredumbre con alto valor humorístico, y así, provistos de guantes y mascarillas, nuestros dos amigos concibieron La escopeta nacional, que es una película sobre Franco pero sin Franco, porque el Caudillo era un personaje tétrico que no cabía en ninguna cuchipanda, ni siquiera como sarcasmo. Sí eran risibles, en cambio, sus ministros, sus lameculos, sus tecnócratas de las gafas y sus opusdeístas del librito. La flora y fauna del régimen que se reunía en las cacerías a asestarse las puñaladas, coger sitio en las fotos y dejar muy claro qué comisión se llevaba cada uno en los negocios.


 
    Jaume Canivell, el empresario catalán que llega a la finca de los Leguineche para vender sus porteros automáticos, comprenderá muy pronto que en estas cacerías no se dirime el bien común de la patria, ni el justo margen comercial del fabricante. Envueltos en la Bandera, protegidos por el Ejército y bendecidos por las Alturas, a los prebostes del régimen les importa un bledo que el portero automático traiga el bienestar a los hogares, o cree nuevos puestos de trabajo en la industria. A ellos sólo les importa su parte, y la parte del amiguete, y joderle la parte al rival político que ahora está mejor visto en El Pardo. La escopeta nacional es una "magistral disección del tardofranquismo", dicen las críticas de entonces, y también las de ahora, como dando por cerrada aquella época de nuestra historia. Pero Azcona y Berlanga eran muy largos, y muy cínicos. Españoles muy lúcidos y baqueteados. Por eso despiden la película con un rótulo que aparece impresionado sobre las perdices malolientes que sostiene el cabreado Canivell, que bien podrían ser una metáfora del pueblo español, siempre  malparado en cualquier cacería.

    "Y ni fueron felices ni comieron perdices..., desgracia habitual mientas existan ministros y administrados".



    Como bien vaticinaron nuestros dos genios, cuarenta años después de La escopeta nacional casi nada ha cambiado en las altas esferas. Ahora hay un rey en lugar de un Franco, y unos diputados en lugar de unos procuradores, pero por lo demás, los que cortan el bacalao siguen llevándose su comisión, y saliendo impunes del latrocinio. Cuando llega el fin de semana, los hijos de aquellos tardofranquistas siguen llevando  sus todoterrenos a las mismas fincas de antaño.



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