Juego de Tronos 6x04

Ya no sé si lo leí, si me lo contaron, si lo soñé en alguna terrible pesadilla, pero yo tenía la certeza de que Daenerys Targaryen jamás volvería a enseñarnos su cuerpo de alabastro, que dirían los poetas. Que la actriz que da vida y luz a su personaje, Emilia Clarke, había jurado en una entrevista que no volvería a posar desnuda por exigencias del guión. Que tampoco fueron tantas, la verdad, pero sí muy sonadas, y muy hermosas, y se habló de ellas largo y tendido en los foros más deslenguados de los televidentes, entrando al detalle, y sopesando los contornos, pero no por lascivia ni por rijosidad, sino para hacernos una idea cabal -y carnal- de la que sigue siendo candidata a ocupar el Trono de Hierro. Un asunto de cultura general, y de atención a los detalles, nada más. Pero se ve que estoy tonto, o que me informaron mal, o que mi pesadilla fue de las de aúpa, porque hoy, en circunstancias argumentales que no pueden desvelarse, Emilia Clarke, nuestra Daenerys, ha vuelto a despojarse de sus ropas para comparecer resplandeciente ante nosotros, Madre de Dragones, sí, pero al fin y al cabo Hija de la Naturaleza, y musa de Botticelli, si el florentino siguiera vivo para pintar sus damas desnudas que florecen.




    El que jamás se desnuda, ni delante de los espectadores ni en la intimidad de su alcoba, es el Gorrión Supremo, que lleva puesto ese saco de patatas como decían que Isabel la Católica llevaba puesta la ropa interior, pegado a la piel como una promesa, y lleno de manchas, y de mierda, y con un hedor que en Desembarco del Rey ya es motivo de chanza entre los juglares. El Gorrión es un fanático peligroso, sí, y un iluminado de la moral, pero cada vez que sale en pantalla para soltar el sermón, un pajarillo se despereza en mi pecho y se pone a piar alegremente. Ver a los Lannister y a los Tyrell postrados a los pies del Septón, pidiendo perdón por sus excesos, acojonados ante ese ejército de chalados que se alimentan de pan duro y compran sus túnicas en el Alcampo del extrarradio, es una pequeña satisfacción que alegra los días de este viejo republicano. 



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