Irrational Man

En Manhattan no hay tascas donde los jubilados juegan al tute o al dominó gritando "arrastro" o "seis doble" como salvajes que han perdido el oído. Lo que sí hay son grandes obras en la calle, rascacielos en construcción, o reparaciones en el metro, pero allí los jubilados no tienen por costumbre arremolinarse en su contemplación, debatiendo la calidad de los áridos, o la destreza de los peones. En la patria chica de Woody Allen los jubilados hacen ejercicio en Central Park, juegan al ajedrez en las mesas bajo los árboles y toman cócteles en esos locales del subsuelo que en España siempre hemos dedicado a las carbonerías, y en Valencia, cuando gobernaba el PP, a los colegios públicos. En ese magma de jubilados proactivos, Woody Allen ha encontrado el acicate para no dejarse llevar por la molicie, y cada año, tan puntual como las campanadas, o como el despido de un entrenador en el Real Madrid, vuelve a entregarnos una película que le ha llevado varios meses escribir, y varias semanas rodar y promocionar, para sobrellevar con dignidad la edad provecta.



    Es por eso que también, cada año, en este blog que tiene a Woody Allen en los altares, toca hablar de su nueva película. Y no siempre para bien, ay, porque Woody a veces se repite, y algunos de sus personajes empiezan a sonar a recursos manidos. A este profesor universitario de Irrational Man lo hemos visto muchas veces en su filmografía, encandilando con sabidurías y nihilismos a la chica más guapa del campus. Joaquin Phoenix se curra el jeto, y Emma Stone resplandece de belleza, pero el juego moral, y el jugueteo sexual, nunca termina de funcionar. O no hay química entre ambos, que puede ser, o yo estoy muy descreído de estas andanzas románticas. Yo, como el personaje de Joaquin Phoenix, también soy madurito, y tengo barriga, y suelto unos nihilismos muy bien trabajados sobre la futilidad de los empeños y el azar de los destinos, pero nunca veo, como en las películas de Woody Allen, que las jóvenes hermosas se acerquen a mí, a no ser para preguntarme la hora, con mucho respeto, o para preguntarme si van bien por el Camino de Santiago, porque éste pasa al lado de mi casa, y a veces, cuando salgo a pasear, alguna anglosajona bellísima se dirige hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja, y un pajarillo se agita en mi corazón, y se prepara para ser preguntado sobre el ser y la nada que escribiera Jean Paul Sartre,  cosa que en diecisiete años de interrogatorios jamás ha sucedido. "¿Camino okey, señor?"



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