Instinto básico

La primera vez que Catherine Tramell descruzó las piernas para dejar el potorro al aire todo sucedió demasiado rápido, y sin avisar. Los espectadores nos quedamos con una duda que habría de resolverse muchos meses después, ante el pelotón de los amigos, cuando el VHS de Instinto básico estuviera disponible en el videoclub, y pudiéramos practicarle la disección esclarecedora. Porque al salir de los cines unos decían que sí, que lo habían visto, el parrús, y otros decían que no, como en La Parrala, y que la sombra malhadada del muslo, y la proyección demasiado oscura de la película, sólo dejaba intuir lo que otros perjuraban haber admirado: el chumino de Sharon Stone. Que junto al coño de la Bernarda y al pubis de Marta Chávarri -muy famoso por aquel entonces- se convirtió en el conejo más comentado de España, por anhelado y fantasmal.



    Cuando llegó el VHS a los videoclubs, los cerdícolas y los cinéfilos -y los que éramos ambas cosas a la vez- nos abalanzamos sobre las estanterías sacando codos para que nadie pudiera cogernos la posición, como pívots de la NBA protegiendo el rebote. Pero al llegar a casa, y analizar la escena de marras con el pause y el step, las opiniones volvieron a dividirse: unos decían que sí, que lo habían capturado y congelado, el pitote de la Tramell, y otros, los frustrados, volvieron a decir que no, que el reino de aquel intramuslo seguía siendo un paisaje difuso, mal iluminado, envuelto en neblinas de deseo. Y tenían razón, estos últimos, porque la cinta de VHS, cuando la avanzabas fotograma a fotograma, sufría como una temblequera, y le salían rayajos horizontales, y la definición de imagen, que era una inmundicia que entonces nos parecía el paraíso porque no conocíamos otra cosa, no bastaba para discernir si aquella fruta afloraba o se escondía en los adentros.



    El asunto del asunto quedó en la indefinición perpetua, en la disputa sin vencedores. Con el tiempo llegaron muchos más chirris a las pantallas, a las decentes y a las indecentes, y el tomate de Sharon Stone se quedó en una discusión bizantina para treintañeros nostálgicos, y para cuarentones oxidados. Hasta que el otro día, en mi particular caso, me topé con Instinto básico en los canales de pago, y allí arriba, en la esquinita superior derecha, apareció un rótulo que decía HD. ¡High Definition, al fin! Veinticuatro años después de su estreno, los píxeles de la tecnología moderna iban a dictar sentencia definitiva. Sólo tuve que pulsar el rec y esperar... Y tengo que decir que sí: que está. Fugaz y rasurado, apresurado y juguetón. Pero está. Sin duda. El Santo Grial de la cinefilia. Y que tenían razón, por tanto, los entusiastas y los optimistas. Los que -se pongan como se pongan- no pudieron verlo con aquella tecnología antediluviana, pero tuvieron fe en su contemplación, y la sostuvieron durante años, y la defendieron contra viento y marea, hasta que los dioses de la alta definición descendieron sobre nosotros y les dieron la razón última. Caso cerrado. Y amén.


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