El hijo de Saúl

El hijo de Saúl es una película que tiene difícil encaje en este blog. Imposible, e inhumano, colocar aquí un chiste, un juego de palabras, un delirio de amor. Lo único que deseo ahora mismo es pasar el trance de esta escritura para no tener que recordar la película en exceso. Para no meter la pata -de las cuatro que tengo, y bien torpes además- con algún comentario que pueda entenderse como frívolo. Decía Alan Alda en Delitos y faltas que la comedia era igual a tragedia más tiempo, pero el Holocausto, del que ya nos separan más de setenta años, sigue estando muy presente en nuestras conciencias. Supongo que  si los alemanes hubiesen ganado la guerra, descubierta a última hora la bomba de hidrógeno o la bacteria que sólo mataba anglosajones, todos los años tendríamos una película sobre la barbarie de Hiroshima, o sobre las purgas de Stalin en los campos de Siberia. Pero los alemanes perdieron, y la ignominia del exterminio cuenta con mil testimonios que alimentan la industria cinematográfica, y nos mantienen viva la indignación.



    Sucede, además, que este director húngaro, László Nemes,  ha decidido contar su historia del modo más insoportable posible. Hurtando las violencias a nuestros ojos morbosos, sacándolas fuera de foco, poniéndolas de perfil, pasándolas  por detrás del protagonista como si formaran parte del paisaje. Saúl, el sonderkomando judío que se encarga de amontonar cadáveres y llevarlos en carretilla a los hornos incineradores, es como un personaje de las películas de los hermanos Dardenne, al que la cámara, en primerísimo plano, sigue y persigue por los recovecos del campo de concentración. Saúl no busca un empleo, como las mujeres de los Dardenne, porque de empleos, el pobre hombre, en el campo de concentración, ya está hasta la gorra. Saúl busca un rabino que dignifique la muerte de un niño gaseado, uno que se atreva a rezar unos cuantos salmos de tapadillo antes de que el cuerpo sea trasladado al horno. Resumida a los amigos, El hijo de Saúl es una película tan simple como un chupachups. Pero en el rostro del infortunado prisionero, y en el drama que sucede a sus espaldas, cabe toda la complejidad del ser humano. 



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