El bosque

Les tengo un poco de resquemor a las películas de M. Night Shyamalan, porque siempre me hacen quedar como un idiota ante las amistades, y ante los cuñados, mucho más perspicaces a la hora de adivinar esos desenlaces que a mí me dejan boquiabierto, como un niño engañado por un mago, pero que ellos, simplemente, recogen como confirmación de sus inteligentes deducciones. No es lo mismo saberse uno tonto en la intimidad del salón, a solas con la propia incapacidad para anticipar los acontecimientos, que verse humillado en la barra del bar, o en la mesa de la terraza, sometido al engreimiento de algunos fulanos despreciables, y a la sonrisa compasiva de las damas que te descartan sin dudar.



    Ahora que todos conocemos los finales de Shyamalan, el tiempo ha igualado a los listos con los tontos, a los genios con los mendrugos, y las películas del hinduamericano ya se ven con otra intención, y con otra perspectiva. Yo, por mi parte, he vuelto a pasearme por El bosque porque la otra tarde, en los canales de pago, me encontré con Bryce Dallas Howard jugando a la gallinita ciega en aquel poblado apartado del mundo, y el amor, como un impulso incontenible, me hizo pulsar el botón rec para ver la película completa otro día, y solazarme con su belleza pelirroja desde el comienzo. Sí, queridos lectores, y alarmadas lectoras: ha sido el sexo, una vez más, quien revestido de romanticismo ha vuelto a guiar mis pasos, y dictar mi agenda. Si esto fuera un blog serio, de ínfulas intelectuales y cosecha de sabidurías, lo suyo sería aprovechar El bosque para hablar de los miedos ancestrales del ser humano y tal y cual. Redactar un pequeño ensayo de antropología, y no describir -¡ otra vez!-  esta pelusilla con forma de corazón que ha vuelto a nacer en mi ombligo.



    Si les diré, por si me sirve de redención, que doce años después de El bosque ha llegado la hora de hacer un remake a la española: reconquistadas Madrid y Barcelona por las hordas comunistas de Ada y Manuela, quemados los conventos y ultrajados los Reyes Magos, un grupo de peperos irreductibles huyen de las ciudades para refugiarse en los montes de El Pardo, a esperar que escampe, cerca del palacio que antes vigilaba los destinos de Occidente. Elevados los setos y disimuladas las carreteras, allí construirán una utopía derechista de emprendedores exitosos y trabajadores esclavizados en la que estará prohibida, so pena de expulsión flamígera, el color rojo que trajo la desgracia a la civilización. El Bosque de la Esperanza (Aguirre), podría titularse. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com