Yo, él y Raquel

"Las chicas hermosas destruyen tu vida. Es un hecho".
    Con esta sentencia del corazón partido comienzan las andanzas de Greg en Yo, él y Raquel. Greg es un chavalote que apura su último trimestre en el instituto americano. Es un personaje arquetípico que hemos visto cien veces en nuestras pantallas colonizadas por el Imperio: un adolescente tímido, desgarbado, que vive rodeado de amigos frikis y sueña con el amor de la chica guapa del instituto. Ella es Madison, una morenaza de sonrisa sempiterna y cuerpo de vértigo que cada vez que rompe las distancias lo descoloca, y lo aflige, porque sabe que jamás podrá optar a sus favores. Madison, además, tiene la desquiciante costumbre de tocarle el brazo mientras le habla, en un gesto de cercanía que en realidad es un gesto de desprecio, porque a los chicos atractivos ella jamás les tocaría así, y sólo se toma esas confianzas con los feos inofensivos que se harán pajas clandestinas tras el perfume.



    Greg sufre por su chica guapa porque es lo que toca a esas edades. Las chicas guapas nos rompen el alma en la adolescencia, cuando comprendemos que no son nuestras, que jamás serán nuestras, y a partir de ahí cada uno lleva su resignación como puede. Pero no es cierto, como afirma Greg, que las mujeres hermosas destrocen nuestra vida. Ellas son el recuerdo diario de que uno no ha nacido para grandes hazañas, ni para grandes conquistas. Pero nada más. Son como una china en el zapato, como un cilicio en el bajo vientre. Las mujeres que traen la verdadera tragedia son las otras, las que la suerte, la necesidad, la jeta propia, seleccionan para enamorarnos. Son ellas, las feúchas simpáticas, las guapillas agradables, las que van a rompernos el corazón cuando nos dejen, o cuando no tengamos más remedio que dejarlas.  Las chicas como Raquel, la Raquel de la película, la moribunda Raquel de los ojazos que comprenden y sonríen y enfrentan la vida con lucidez. Esas chicas en las que uno nunca se fijaba al pasar, porque sus rostros no brillaban, ni sus pechos rebotaban, ni sus piernas escandalizaban, pero que un buen día, o un mal día, por el azar de una convivencia o de una maldita enfermedad como la de Raquel, se cruzan en nuestra vida para tentarnos con el amor y dejarnos convertidos en guiñapos.



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