¡Vivan los novios!

¡Vivan los novios! es la película más incomprendida del dúo Azcona-Berlanga. A finales de los años 60, cuando las películas de españoles persiguiendo extranjeras se convirtieron en un subgénero patrio -uno que llenaba los cines porque el personal contemplaba chicha de calidad y se veía reconocido en las excitaciones-, Azcona y Berlanga, hartos de hacer películas que triunfaban en los festivales pero no en las taquillas, decidieron apuntarse a la moda y rodaron la desventura sexual de Leo Pozas, un empleado de banca que justo en la víspera de su matrimonio con una española como Dios manda -feúcha, católica y marimandona- descubre el universo carnal de las guiris en bikini y comprende que ya es demasiado tarde para él. Que se ha equivocado de edad, de religión, de país de nacimiento. Que ha tenido que llegar al borde del barranco para comprender que su matrimonio, efectivamente, es un abismo por el que caerá nada más poner el primer pie. Que tras el primer polvo nupcial, y los muy escasos que esa tirana reseca le permitirá celebrar en la luna de miel, le espera una vida de hombre enjaulado, de pajillero clandestino, de soñador entristecido de mujeres verdaderas.



    ¡Vivan los novios!, como no podía ser de otro modo, fue un fracaso en taquilla. Aunque había tintes de comedia, y apuntes de astracanada, y salían unas suecas de silueta muy estimable, a Azcona y a Berlanga, incapaces de traicionarse a sí mismos, les salió una película negra, dolorida, patética en el dolor desgarrado del pobre Pozas. Los que iban a reírse se quedaron con la sonrisa congelada, porque José Luis López Vázquez, en efecto, con su calvicie y con su corta estatura, caminaba con los ojos desorbitados, y casi dislocados, por la playa de Sitges, persiguiendo escotes y nalgas con la mirada, pero su infortunio sexual movía más a la pena que a la carcajada, más a la piedad que al aplauso. Los espectadores querían reírse de sí mismos, pero no contemplarse a sí mismos, que es una cosa diferente, y en el desgraciado Pozas encontraron alguien que les recordaba sus propias frustraciones, sus propias claudicaciones, y decidieron condenarlo en la taquilla, y sumirlo en el olvido, como si nunca hubieran visto su película, hasta tal punto que ni siquiera hoy en día está disponible ¡Vivan los novios! en DVD.



    Posdata. En ¡Vivan los novios! aparece una de las actrices más hermosas que uno ha visto jamás. Su nombre es Jane Fellner, e interpreta a la pintora irlandesa de la que se enamora sin remedio nuestro amigo Pozas. La he buscado en internet, con libidinosa curiosidad, para saber qué fue de ella, y a qué hombres afortunados hizo felices, pero sólo consta como actriz en esta película. El resto es silencio. En Youtube, en un corte de cuatro minutos, otro hombre enamorado de ella le ha rendido un sentido homenaje: Sexy and attractive Jane Fellner. El tal Josep, el amigo Pozas, y el que esto suscribe, hemos caído bajo el mismo embrujo de su belleza, y de su misterio.




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