The visitor

Son tantas, las películas, y tantas, las noticias, que a veces la realidad se cruza con la ficción, y ambas se anudan, y se prosiguen, y uno, que siempre anda con sueño o despistado, ya no sabe si está viendo la película que escogió o el telediario que aún no ha terminado.



    La noche pasada, por ejemplo, yo estaba viendo The visitor para continuar este ciclo dedicado a Thomas McCarthy. Y también porque al ver la película en la estantería he sentido una vergüenza sonrojante de mí mismo, por no recordar nada de un argumento que en su día tuvo que interesarme o conmoverme. En caso contrario, el DVD no estaría criando ácaros en mi habitación. Por las catacumbas de mi memoria vagaba el fantasma de Richard Jenkins tocando el djembé en un parque de Nueva York, y luego en el metro, sacándose unas pelas innecesarias porque él era un importante profesor de universidad, o algo así. De hecho, en mi tontuna, en mi desgracia neuronal, yo pensaba que The visitor era la historia de un hombre maduro que quería adentrarse en el misterio de la música para sentirse vivo de nuevo, como Nanni Moretti en Caro Diario, que quería aprender a bailar porque intuía que en esa alegría, en esa liberación del cuerpo, residía un remedio para liberar también el espíritu.




    Pero The visitor, finalmente, no iba de eso. Por un azar del destino, el personaje de Richard Jenkins conoce a una pareja que vive sin papeles en Estados Unidos. Ella, senegalesa, vende baratijas en el rastrillo, y él, sirio, toca el djembé en los garitos nocturnos. La desgracia de Tarek es que además de ser sirio tiene cara de sirio, y eso, en Estados Unidos, después del 11-S, es un terrible problema que te puede costar caro si no llevas los papeles en regla, y a ser posible entre los dientes, para cuando te los exija el sheriff armado de turno. Son cosas de los americanos -piensa uno al acostarse- tan insensibles y paranoicos. Pero pocas horas después, al despertar, uno desayuna con la noticia de que están empezando las deportaciones pactadas por la UE. Los están barriendo, literalmente, a los refugiados sirios, como quien barre bichos de la cocina, hacia las fronteras de Turquía. Nuestros electos gobernantes piensan que son muchos, los moros, y que están muy juntos, además, y eso, desde los tiempos de Solimán el Magnífico, causa mucho pavor en las cancillerías occidentales. Era una vergüenza, lo que ocurría en The visitor, y es una vergüenza, lo que está ocurriendo esta misma mañana, nueve años después de la película, al otro lado del mar, sin que el papel de malos lo desempeñen unos americanos de expresión hosca y gatillo fácil. 



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