Las aventuras de Jeremiah Johnson

Mientras veíamos El renacido en la sala de cine, y nos dejábamos seducir por la belleza de los paisajes, y por la épica de las venganzas, los cinéfilos teníamos la molesta sensación de estar viviendo un déjà vu. La película de Iñárritu es notable, y muy digna, asombrosa en un sentido fotográfico, pero ha nacido con el pecado original de las películas que ya estaban hechas, y muy bien hechas además. El mismo año en que nací, hace ya la friolera de cuarenta y cuatro años, Sidney Pollack estrenaba por el mundo alante Las aventuras de Jeremiah Johnson, que es la historia de otro hombre rubio -en este caso Robert Redford- que abandona los pesares de la civilización para adentrarse en las Montañas Rocosas y encontrarse a sí mismo lejos del mundanal ruido. Si en El renacido todo es épico, intenso, trascendental hasta el desgarro, en Las aventuras de Jeremiah Johnson se respira la poesía, el cinismo, el sentido del humor incluso, aunque su guión cuente desgracias parecidas y sus protagonistas se lleven hostiazos similares. Iñárritu quiso hacer una película tan real y tan cruda que la volvió inverosímil, y algo antipática en el recuerdo, mientras que Sidney Pollack, más ligero, y menos intenso, consiguió una obra maestra que resiste el paso del tiempo como una roca.



    Tendrán que pasar otros cuarenta y cuatro años para saber qué poso nos dejará El renacido, pero creo que entonces, cuando yo viva rodeado de jovencitas exuberantes que perdonarán mi rijosidad a cambio de mi riqueza, seguiremos echando la lágrima, y la simpatía, por el personaje de  Jeremiah Johnson, y no por los desgarros interiores y exteriores del explorador Hugh. Hugh es un tipo colérico, obsesivo, un fulano que domina las artes del sobrevivir con una suficiencia que nos acompleja a los urbanitas que alguna vez, en nuestras locas fantasías, hemos soñado con mandarlo todo a tomar por el culo e ir a vivir a la naturaleza agreste, con las cabras, y con los champiñones, cerca de un algún pueblo donde exista una farmacia con tiritas y un bar donde nos pongan el partido del Madrid por la parabólica. Jeremiah Johnson, a diferencia de Huhg, es un tipo más cercano, un autodidacta de la subsistencia, un morituri en potencia que va aprendiendo los oficios gracias a las enseñanzas de otros tramperos. Como harían con nosotros, en caso de tal, los pastores de los montes, y los hippies de los pueblos recolonizados, que es lo más parecido a Jeremiah Johnson que nos queda en los montes de Invernalia. Los soñadores de aventuras, lanzados al monte, siempre tendríamos al buen Jeremiah en nuestras oraciones, y un póster de su película, decorando la cabaña. 




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