B

"Sé fuerte, Luis", escribió don Mariano el día que supimos que un pastel de dinero se amasaba en Suiza. Y Luis, soldado disciplinado, trabajador incansable en la lucha contra los rojos, lo fue. Dos años después, ante el pelotón de periodistas que lo esperaban a la salida de la cárcel, dio testimonio de su obediencia: “Luis ha sido fuerte de verdad”. Y entonces se escuchó el gran suspiro, y un alivio surgido de mil gargantas recorrió la España como Dios manda pintada de azul. Corrió el champán en los locales nobles, y en las tascas de a pie los simpatizantes invitaron a vinos y cañas a todos los parroquianos, incluidos los izquierdistas más recalcitrantes, porque gracias a la intercesión de la Virgen no había sucedido nada grave, sólo una corruptela más de las muchas aisladas, y el Partido Popular, vigía de Occidente, salvaguarda de la patria, ejército desarmado de la gente decente, había vuelto a salir indemne de las falsas acusaciones. Bárcenas había sido fuerte, sí, pero es que además no tenía nada que confesar, salvo sus propias travesuras.




    Trece meses antes, sin embargo, estas gentes andaban sin uñas, comidas, y sin aliento, contenido. Después de pasar una temporadita en la cárcel, recibiendo visitas y sopesando consejos, Luis se presentó ante el juez Ruz dispuesto a largar. En setenta y cinco minutos del más puro minimalismo judicial, la película B cuenta lo que sucedió en aquella comparecencia, que pudo ser histórica y definitiva, pero que al final se quedó en nada.  En B, que es una adaptación de la obra de teatro homónima, no hay golpes de efecto, ni dramatismos americanos: Ruz pregunta, Bárcenas responde, y los abogados intervienen de vez en cuando para aclarar los puntos oscuros. El actor que encarna a Luis Bárcenas, Pedro Casablanc, no guarda parecido alguno con su personaje, pero es como si el pelo a doble color y el traje azul inmaculado le hubieran investido del autocontrol, y de la chulería innata, y ante nuestros ojos se obra el milagro de estar allí, mirando la realidad por una mirilla mientras Bárcenas pone en marcha el ventilador, y empieza a salpicar la mierda por doquier. Sí, los papeles son ciertos, y sí, las donaciones son ilegales, y sí, yo repartía dinerito rico en sobres...
    Nunca estuvo el PP más cerca del derrumbe, de la mancha indeleble. Siete millones de fieles votantes, de acérrimos guerreros, de insobornables legionarios, iban a conocer por fin la podredumbre de su causa. Pero Luis, de pronto, se hizo fuerte, y se paró. En cuestión de segundos, cuando el interrogatorio ya se volvía peligroso, Bárcenas pasó de la memoria de elefante al encogimiento de hombros, y el lanzallamas que amenazaba con quemarlo todo se quedó sin gasofa, bien adiestrado y aconsejado. O bien amenazado, que nunca sabremos.



1 comentario:

  1. Más pues su fuerza humilla
    Al cobarde y al guerrero.
    Da autoridad al gañán y al jornalero
    Poderoso caballero
    Es don dinero.
    Y que más decir si ya Don Quevedo lo explico maravillosamente.

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