Truman

Hace dos semanas entró en casa un perrito al que he bautizado Eddie. Le he llamado así en honor de aquel congénere suyo que sacaba de quicio a Frasier Crane, y con el que guarda un cierto parecido de perro canijo y cabroncete. Mi Eddie, antes de conocerlo, caminaba abandonado por los parques de Ponferrada, y un par de amigos canófilos lo recogieron y me dieron la brasa durante dos días para adoptarlo: tú que vives solo, con el hijo a media jornada, que caminas tanto por el monte y tienes tantas vacaciones de maestro...



    Eddie y yo llevamos quince días conociéndonos. Mirándonos de reojo cuando el otro anda despistado en sus quehaceres. Yo quiero saber cuándo come, cuándo duerme, cuándo se rasca el cogote o se lame las partes. Quiero hacerme una idea del sujeto que he metido de okupa. Le miro cuando no sé qué escribir, cuando me aburre la película, cuando la cafetera calienta el líquido y me quedo de pie en la cocina sin creerme del todo que ese perrete ya forme parte sustancial de mi vida. Un ser vivo, consciente, doliente, al que durante años tendré que pasear, alimentar, administrar las medicinas... Él, a su vez, me observa a todas horas, pendiente de cada gesto, de cada carraspeo, de cada viaje por el pasillo. Incluso dormido deja una oreja más tiesa que la otra, para no perderse ni un movimiento, ni un hilo suelto de jamón york. Eddie no me deja ni a sol ni a sombra, el pobrecico. Supongo que serán los traumas de su vida pasada, que los veterinarios, por la dentadura, han calculado en un año de malandanzas.



    A mí tanta responsabilidad me abruma un poquito. O un bastante. Antes de Eddie he tenido otros dos perros, y nunca como ahora he sentido este peso. Hace casi veinte años que tomé aquellas responsabilidades, y yo entonces era fuerte, y joven, y no pensaba siquiera en la posibilidad de no estar. Pero ahora no estoy tan seguro. Cabe la posibilidad de que cuando Eddie muera de viejete, dentro de 13 ó 14 años, yo ya no esté aquí. No es, desde luego, lo más probable, pero torres más jóvenes han caído, y no muy lejos de aquí precisamente. Si la Fuerza me acompaña, cuando Eddie falte estaré más cerca de los sesenta años que de los cincuenta. Viviré en una edad en la que todos los males ya afilan sus guadañas y se ponen en fila para asestar sus cuchilladas. Sólo hace dos semanas que nos conocemos, pero ya me aterra pensar en la muerte de Eddie. Porque entonces él ya será mi amigo del alma, y porque su muerte, en cierto modo, también será un poco la mía. Él va a hacerme compañía en los mejores años que me quedan.



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