Predestination

La arteriosclerosis es un mal del que me advierten mucho en la consulta del médico. Sobre todo si llevo una barriga prominente, y una mancha de chorizo en la pechera. De la neurosclerosis, sin embargo, que ya es una disfunción en acto, y no en potencia, nadie parece preocuparse. Y yo la sufro mucho, en silencio, con creciente preocupación. No es que sea alzhéimer ni nada parecido. No es el despiste idiota de quien siempre está pensando en otra cosa, eterna disociación de mi cuerpo y de mi mente, como los místicos. Mi neurosclerosis es como una rigidez del pensamiento, como una lentitud de las deducciones. Un ruido chirriante de neuronas que trabajan mal engrasadas, y que ya no conducen la electricidad con la velocidad adecuada. Cosas que presumo de la edad, o de las deficiencias genéticas, que son muchas, y variadas, y que ya empiezan a asomar sus negras pezuñas.



    En las exigencias de lo cotidiano, tan parco en desafíos, uno se conduce con el piloto automático y apenas pone a prueba sus reflejos. Pero ay de mí, cuando llega la hora de la película, y decido poner una de argumentos enrevesados que se van haciendo ovillo en el pensamiento, y bola en el masticar. Me noto pesado, lento, como un árbitro de los antiguos, aquellos del trote cochinero que nunca llegaban a tiempo para ver la jugada y pitaban casi a voleo. Así es como voy sacando yo los hilos de la trama, sofocado neuronalmente, un poco al tuntún, a ver si por casualidad voy recorriendo el recto camino de la comprensión.
    Y ya no te digo nada cuando me pongo chulo, y desafiante, y me conjuro a mí mismo para ver una película de paradojas temporales como ésta de hoy, Predestination, que venía tan recomendada en los foros del frikismo. Los popes de la crítica, quizá afectados por mi mismo mal, pasaron de puntillas por este enredo de fulanos que viajan en el tiempo para acostarse consigo mismos (sic), y prevenir, de paso, una ola de atentados en Nueva York. Y si usted, querido lector, está pensando que estas cosas sólo se les pueden ocurrir a los americanos, sepa que la película es australiana, y que sus responsables, en el sentido ético y fabril de la palabra, son los gemelos Spierig, nacidos en Alemania. Los últimos minutos de Predestination, que son un acelerón de cuerdas argumentales que se atan y se desatan, me dejaron boquiabierto una vez más, y confuso, y desesperado. Qué lejos estoy de aquellas locuras mías de la juventud. De cuando comprendía películas tan inefables como Predestination y otras todavía peores. Qué lejos, ay, me quedan estas ciencia-ficciones que requieren de un Fórmula 1 para ser recorridas a todo trapo, y no este Seiscientos que me vendieron los Alcántara, y que se atranca en las primeras rampas de cada puerto. 



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