La magdalena y el ratatouille

Si Marcel Proust necesitó una magdalena mojada en té para recordar sus tiempos mozos, y Anton Ego tuvo que probar el ratatouille para regresar a su infancia en el campo, uno ha emprendido su propio retorno gracias a los audios de Polvo de Estrellas, el programa que Carlos Pumares presentaba en Antena 3 radio hace veinticinco años. En las últimas semanas, cada vez que salgo a pasear por el monte, pongo en el ipod alguna de aquellas emisiones, y entre que apenas me cruzo con nadie, y que la naturaleza del monte casi podría ser la misma de antaño, el ipod se vuelve condensador de fluzo y obra el milagro del retroceso en los relojes. Es tal, el efecto que obran en mí los viejos programas de Pumares, que, sugestionado, aprieto el paso por los senderos como hacía de chavalote, sin jadeos ni fastidios, apurando los hectómetros como si ya no existieran las lorzas ni las oxidaciones celulares.



    Voy por el monte, sí, pero en realidad vuelvo a estar tumbado en la cama a las dos o tres de la madrugada, haciendo como que repaso el temario para un examen, o dejando que transcurra lánguidamente la madrugada. Es una verdadera sinestesia, ésta que me lleva del archivo sonoro a la sensación táctil de estar tumbado a oscuras en la habitación, soñando con una vida futura más divertida y excitante, que ya ves tú qué mierda, de mejoría. Que aquí seguimos, enganchados a la vida con dos exiguas chinchetas, la del cine, y la otra... Mis paseos transcurren en el año 2016, pero en el ipod salen oyentes que le preguntan a Pumares si es mejor el sistema VHS o el Beta; qué narices es eso del DVD plateado que viene de América; si merece la pena comprar un televisor panorámico o seguir apostando por uno cuadrado tradicional; si alguien rodará algún día la segunda parte de El Señor de los Anillos en dibujos animados; si algún día existirá un banco de datos donde puedan hacerse consultas sin confiarlo todo a la memoria prodigiosa del señor Pumares... Y yo, teletransportado, pero con un pie puesto en el presente para no despeñarme, no sé si maravillarme por tanto disparate anacrónico y echarme a reír, o si hacer la cuenta exacta de los años y dejarme llevar por la melancolía, allá en el monte solitario, acompañado tan sólo por el perrete, que persigue a los conejos y a los topillos entre las viñas de las laderas.



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