El club

Será la actualidad, que toma esos derroteros, o seré yo, que me dejo llevar por el diablo, pero últimamente no paro de encontrar curas pederastas en las películas. O más bien historias que hablan sobre ellos, porque en Spotlight se los veía muy fugazmente, al hilo de la investigación, y en Calvary, Brendan Gleeson era el sacerdote justo que pagaba por los pecadores.
    Ha sido en El club, la turbadora película de Pablo Larraín, donde por fin he topado con uno de estos sujetos. Un hombre atormentado, sin cuernos en la cabeza ni rabo en el culo, al que los jerarcas envían a una casa de penitencia junto al mar, en el quinto pino de la costa chilena. Allí tendrá que convivir con otros cuatro curas de mal vivir, ovejas negras que la Iglesia prefiere tener ocultas para que se consuman en sus propios remordimientos, antes que entregarlas a las autoridades. Uno, el más rescatable, escribía cartas al papa para reclamar la homosexualidad como un camino recto hacia Dios; otro arrebataba bebés a las golfas izquierdistas para regalárselos a familias pudientes; otro, cura castrense, sabía, pero callaba, los asesinatos que cometía el ejército de Pinochet. Del último cura, gagá perdido, nunca llegamos a saber el motivo de su reclusión, pero a éste, por seguir el rosario de pecados, ya sólo le queda salir borracho a dar la homilía, o poner un expendedor de condones junto a la pila bautismal.



    Con cuatro solteros recluidos, la casa debería rezumar polvo y basura, pero reluce limpia porque a su cuidado, el obispo, o el arzobispo, ha puesto a una monja de pasado también turbulento, un ama de llaves que vela por el estricto cumplimiento de los horarios, y de las higienes, y de las penitencias. Gracias a sus desvelos, los cuatro curas viven como curas. Llevan un infierno de culpa en las entrañas, pero por lo demás su vida es plácida y envidiable: buenos alimentos, playa para pasear y series de televisión en la sobremesa. Hasta que llega el cura pederasta, precisamente, a joder la marrana con su depresión. Y entonces la película ya no va de curas, ni de pecados, sino de homínidos mondos y lirondos que van a luchar a cara de perro por defender su cueva, y su exigua libertad. De nuevo la charca de 2001, pero sin esgrimir huesos, sin dar voces, sin aporrearse el pecho. Los curas siempre han sido más sibilinos que todo eso. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com