Carol

Quienes me conocen ya saben que dentro de mí vive Max, un antropoide que durante el día juega con su columpio de neumático, y luego, por la noche, se asoma por el periscopio de mi esófago a ver si hay chicha en la película que estoy viendo, para echarse unas risas de macaco, y quién sabe si unas pajillas de salido, aprovechando que yo nunca lo veo en la oscuridad.
    La primera hora y cuarto de Carol la he visto con Max dando paseos nerviosos por el estómago. Yo, cinéfilo circunspecto, intentaba disfrutar del lirismo, del preciosismo, del cursilismo incluso, de esta película que siempre está al borde del ridículo y sin embargo siempre sale airosa, y hasta sobresaliente, en cada plano y en cada escena, como un coche de carreras descendiendo las curvas peligrosas de la montaña. Era un espectáculo gozoso, Carol, y un espectáculo más gozoso todavía, Therese, el personaje al que da vida la adorable Rooney Mara. Pero mi satisfacción no era completa. Cuando cesaba la música, o callaban los personajes, yo sentía el tap-tap de los pasos de Max, que se subía literalmente por las paredes. A Max, el eterno adolescente, se la pelan bastante los encuadres y los estilismos. Los gestos exactos de las actrices, y las delicadas composiciones de la luz. Max, cuando atisba que hay dos mujeres calentando su bollo en el horno, se vuelve un manojo de nervios, esperando el beso, y el despelote. Y lo demás, para él, sólo es tensa espera, y contexto prescindible. Las únicas obras maestras que él concibe son las películas porno, porque en ellas los personajes van al grano, y prescinden de los vestidos, y todo es más parecido al fornicio de la selva, que es lo que él conoce y valora.



    Max, mi pobrecico, lo estaba pasando muy mal con Carol. Era evidente que estas dos mujeres buscaban algo más que compañía, algo más que amistad para sortear los tiempos aciagos. Pero faltaba la bata entreabierta, el beso inequívoco, la cama por fin compartida, para terminar de romper la tensión sexual entre los personajes. Y ya, de paso, la tensión sexual de Max, que por fin quedó satisfecho en su cubículo, y me dejó seguir tranquilo el resto de la película, entregado a la contemplación de esta extraña película, y de esta guapísima actriz, doña Rooney, que es la encarnación exacta del sueño que tuve una vez.

Carol: Eres una chica extraña.
Therese: ¿Por qué?
Carol: Venida del espacio...




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