Anomalisa

Cuando uno lee que Charlie Kaufman ha escrito y dirigido una película de animación, la salivilla del cinéfilo se dispara como si fuéramos el perro de Pavlov, porque de Kaufman uno siempre espera la idea sorprendente, la rareza maravillosa, y más aún si sus personajes son muñecos animados en stop-motion, con los que puede hacer y deshacer sin las limitaciones habituales de los seres humanos. Kaufman, sin embargo, haciendo un nuevo regate a las expectativas, ha hecho la película más "normal" de su trayectoria. En Anomalisa ya no hay ascensores que se detengan en el piso siete y medio, ni antropoides enseñados a comer con cuchillo y tenedor, ni enamorados sometidos a una extirpación neuronal de los recuerdos... El personaje central de Anomalisa es Michael Stone, un cuarentón que por motivos de trabajo ha de pasar la noche en un hotel desolado como el que acogió a Barton Fink en su aventura californiana. Michael es un tipo deprimido, fatigado, que se ha traído en la maleta la crisis matrimonial, y el hartazgo de los viajes. Michael no quiere follar, dicho así, en grueso, pero tampoco quiere pasar la noche solo, así que bajará al bar del hotel a tomarse una copa y hacerse el encontradizo con alguna bella damisela, hasta que conoce a Lisa...



    Una película, convencional, como se ve, de chico busca chica, o más bien hombre busca mujer, en la que el recurso a la animación parece un recurso innecesario. Hasta que el metraje avanza, y uno empieza a comprender que la decisión no está de más. Cuando se trata del destino, del futuro que nos aguarda, los humanos ya no somos seres pensantes con la ilusión del libre albedrío. Porque el libre albedrío, si hubiera que rescatarlo del basurero de la filosofía, sólo sirve para decidir entre el café solo y el café con leche, y naderías por el estilo. En los grandes temas -y en Anomalisa se dilucidan grandes temas sobre el amor y la identidad- sólo somos marionetas de la suerte, de la tara genética, de los fracasos del pasado. Juguetes de los dioses, como decían muy poéticamente, los griegos. 



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