El exorcista. Reflexión 2ª

Mi personaje preferido de El exorcista siempre fue el teniente Kinderman, ese inspector de policía que nunca pareció muy interesado en resolver los crímenes de la escalera, ni las profanaciones en las iglesias. Kinderman pasaba por los escenarios, soltaba cuatro preguntas de compromiso y rápidamente se ponía a charlar de cine con el personal. Él sabía, porque no era tonto, que los implicados le estaban engañando como a un chino, incluso los curas, que no deberían mentir en ningún caso. Pero ante la comedia encogía los hombros, soltaba una sonrisilla irónica y cambiaba de tema sacando títulos a relucir. Sospechosos o encubridores, cómplices o culpables, Kinderman sólo buscaba compañía para acudir a los estrenos de la semana, y luego diseccionar la película en animada charla. A punto ya de jubilarse, a Kinderman le interesaba la realidad para ganarse los dineros, y para satisfacer la curiosidad gatuna, que en el caso de los crímenes de Georgetown era mucha, pero ya vivía, como quien esto suscribe, más pendiente de la película del día que de otra cosa, descontando las horas, despojando las agendas, anticipando el ratico de gozo...




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