El exorcista. Reflexión 1ª

En el momento de máximo pesar por la transformación de su hija, Chris MacNeil trata de convencer al padre Karras, jesuita, pero incrédulo, de que practique un exorcismo en la gélida habitación.
- Le digo que esa cosa que está ahí arriba no es mi hija.


    Y es ahí, justo en ese momento, en la sexta o séptima vez que veo El exorcista desde aquella tarde aterradora de mi adolescencia, cuando comprendo que la película no va en realidad de la lucha del Bien contra el Mal. Del duelo personal entre el demonio Pazuzu y el padre Merrin, que se retaron como dos machotes en las excavaciones de Nínive, allá en Irak. El exorcista, despojada de vómitos verdes y crucifijos ensangrentados, sólo es una película sobre el tenebroso paso a la adolescencia: el retrato de cómo una niña angelical se transforma en un bicho malhablado y malencarado, que aquí dicen que es por culpa del demonio, para convertirla en película de terror, pero que en realidad es por culpa de las hormonas, que a esta niña, por alguna razón, le sientan mucho peor que a sus compañeras del colegio.



    El lamento de Chris MacNeil lo he pronunciado yo muchas veces en los últimos tiempos, cuando escucho a mi hijo adolescente trasteando en su habitación, también escaleras arriba, como en la película. A veces le oigo los tacos, y le siento las convulsiones, cuando escucha música sobre la cama con los auriculares puestos. El retoño no está poseído por ningún demonio -al menos eso espero- pero no es, desde luego, el mismo niño que era antes de la invasión hormonal. Es él, sin duda, pero es otro. Ni mejor ni peor, pero tan distinto que uno ya no se remite al El exorcista para explicarlo, sino a otro clásico del género de terror, La invasión de los ladrones de cuerpos. Mi hijo, al que quiero mucho, faltaría más, no habla castellano al revés, como hacía la niña Regan, pero sí tararea letras de rap a todas horas, que a mí me suenan a arameo, o a babilonio, alguna lengua muerta cuyo dominio entraría en los justificantes para practicar un exorcismo. A ver si así lo arreglamos un poco, que de tanto negar con la cabeza un día se va a dislocar las vértebras, y se va a quedar con la cabeza del revés, mirando la pared, en vez de la pantalla del móvil.




1 comentario:

  1. Lo único bueno es que la adolescencia es una enfermedad que se cura con los años, lo malo que a veces deja cicatrices que tendrás que llevar el resto de tu vida, pero esa es la vida como los perros de Paulov, premio castigo e intentar aprender cuando la llamada de la campaña es para recibir un suculento bistec.

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