Misión Imposible: Nación Secreta

El dios de la lluvia sigue lloviendo sobre Invernalia, y gracias a él mi hijo ha vuelto a quedarse sin amistades. Debe de ser una lluvia, además, que interfiere en las ondas del wifi, como si cayera mezclada con iones, o con cargas estáticas, porque el chaval ha abandonado su refugio de zombi para bajar a este reino de los mortales, donde los videojuegos se tornan películas, y los asientos se vuelven dobles y compartidos. Un piso más abajo, en la calle mojada, las películas se vuelven dolorosa realidad, en esta cascada descendiente de las ilusiones, y hoy, dimitido de la vida, yo también he decidido quedarme aquí, a la prudente distancia de una escalera.



        Realizado su trabajo, el dios de la lluvia ha cedido el testigo a Tom Cruise, el lar protector de mi hogar, que ya conté el otro día que aquí vivimos bajo su amparo y advocación. En los últimos tiempos sólo frente a él somos feligresía unida. Tom es el sacerdote saltarín que escala rascacielos y empotra automóviles para transustanciar lo imposible en posible, en una eucaristía no de las hostias, sino de los hostiazos. Yo hubiera preferido ver algún clásico de la comedia, o de la ciencia-ficción, pero el retoño, cabezón, me plantea un ultimátum muy de político en ciernes: o Misión Imposible 5, o naranjas de la china. Y yo, que le maleduco, que transijo con sus dictaduras por el bien supremo de la convivencia, me pliego a sus deseos. Luego, por supuesto, aunque yo proteste por lo bajini, más por orgullo que por otra cosa, la película resulta ser un ingenio muy entretenido, lleno de trucos y trampas, de enredos y soluciones. Todo en ella es verdaderamente imposible. Y mucho más, si cabe, la belleza de esta actriz sueca que nos ha dejado patidifusos a los dos, al cuarentón decadente y al hombretón incipiente. Cada vez que el rostro de Rebecca Ferguson aparecía en pantalla, un cordón umbilical hecho de silencio y deseo, de corriente eléctrica y pecado inconfesable, nos unía en la distancia corta del sofá. En mi reojo yo notaba su reojo, mientras mi otro ojo, y su otro ojo, no perdían ripia de ese rostro bellísimo cincelado por los genes nórdicos. Enamorados cada uno a su modo y a su edad, nos ha costado seguir algún punto muy delicado del guión. En las confusiones, mi intelecto sondeaba su intelecto, y el suyo el mío, pero ninguno se ha atrevido a preguntar, por no confesar el origen del despiste.





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