La gran apuesta

Hoy, mientras veía en el cine La gran apuesta, y escuchaba las masticaciones de dos desaprensivos sentados tras de mí –a los que deseo una crisis económica que los deje sin pelas para siempre- he ido recordando los conceptos olvidados. Yo fui de los que hace cinco años vio Inside Job sin comprender nada y juró comprarse el libro al día siguiente. Un tocho de letras apretujadas y germanías sacadas de las páginas color salmón. Leí el libro, lo subrayé, volví una y otra vez sobre los párrafos más abstrusos. Cuando por fin lo terminé, tras un fatigoso esfuerzo de días, me vi capaz de explicarles a los amigos qué era una hipoteca subprime, un bono basura, un jodido CDO. Fueron unos días de alegría exultante, de orgullo recobrado. Volví a ser el alumno empollón que en el instituto no cejaba en el empeño de comprender. Sin embargo, en esos días de bombilla encendida, ningún amigo me demandó tales informaciones. Ninguna mujer se acercó para quedar prendada de mi económica sabiduría. Y así, por culpa del desuso, fui perdiendo tales conocimientos hasta volver a ser el antropoide cotidiano, más preocupado de la Liga de fútbol que de la Reserva Federal, más pendiente de los números de LeBron James que de los vaivenes del Ibex 35.



      Como unas veces te obliga a pensar y otras te obliga a reír, me lo he pasado en grande con La gran apuesta. En la platea, sin embargo, mientras los personajes de la película preveían el derrumbe de la economía mundial, he oído juramentos por lo bajini, y bufidos de fastidio. El público se impacientaba, se comía el resguardo de la entrada. Es verdad que La gran apuesta, cuando se pone áspera, parece una tertulia bursátil del canal Bloomberg. Pero creo que lo hace adrede, consciente de su mala intención. Qué más da, vienen a decirnos sus responsables. La verborrea sólo es el mcguffin de la trama. Usted sólo tiene que fijarse en quiénes nos robaron, y en quiénes lo consintieron. No se preocupe por no entender. O por entender y luego olvidar (como va a sucederme a mí dentro de dos días). Le va a dar lo mismo. No está en sus manos evitar un nuevo advenimiento del latrocinio. Ni la comprensión ni la indignación van a librarle de una nueva crisis devastadora. Estos cabrones hicieron –y van a seguir haciendo- lo que les dé la gana, porque no forman parte del sistema, sino que son el sistema. Ya lo advierte el desconsolado personaje de Steve Carell al final de la película:

       ”La gente normal es la que va a pagar por todo esto. Porque siempre, siempre lo hacen”.





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