El despertar de la Fuerza

David Hume fue un filósofo mentecato que nunca creyó en el innatismo, ni en el determinismo, los dos pilares básicos de cualquier sabiduría consecuente. A este inglés orondo nunca le tuve gran aprecio en el bachillerato, pero sí tengo que agradecerle, porque la recuerdo cada dos por tres, aquella teoría suya de que el yo no existe como sustancia, como sujeto permanente. Que nuestra identidad es la sucesión de muchos yoes sucesivos, cada uno con su experiencia. Sostengo, además, que esos individuos no se van, no se mueren. Que no se desvanecen en el olvido como Bing Bong en Del revés. Que nuestra identidad no es un chalet solitario que va reformándose con los años, sino una hilera de adosados que acoge a los viejos inquilinos de nuestra personalidad, relevados de sus funciones.



    No se vayan todavía. No me he vuelto loco. Yo venía aquí para hablar de El despertar de la Fuerza, pero antes tenía que explicarles que yo no soy yo, como decía David Hume, sino la convivencia ruidosa de muchos yoes que habitan dentro de mí. Los Álvaros anteriores no se han ido de casa. No se han transformado en el Álvaro actual que pierde pelo y gana barriga. Mis entrañas son una corrala donde se cruzan el padre responsable, el adolescente despistado, el bebé que todavía se conmueve ante la visión de un pecho femenino... El Álvaro adulto sólo es una personalidad más, el presidente de la comunidad que intenta poner orden en la escalera para no ir haciendo el ridículo, ni desmintiendo la edad del DNI.





      Yo quería hablarles de El despertar de la Fuerza, sí: exponer mis opiniones, mis entusiasmos, mis pequeñas decepciones también. Dedicarle una sentida prosa a Han Solo, el viejo amigo, y a Luke Skywalker, el héroe de mi infancia. Al entrañable Chewbacca, con el que siento una afinidad peluda y gruñona. A la saltarina Rey, por supuesto, que me ha vuelto a sacar las vergüenzas del viejo verde. Quería contar, alabar, maldecir. Abrir un debate galáctico con los cuatro gatos de este callejón. Pero tengo que confesar que no he visto la película. Yo he comprado la entrada, he saludado a la portera, he vigilado de reojo a los espectadores molestos. Pero nada más leer el cartel del hace mucho tiempo en la galaxia muy lejana, me he quedado dormido como un tronco, roncando los trajines laborales y las desventuras con las mujeres. En la fanfarria inicial de John Williams yo ya no era yo, sino el niño, que aprovechaba el tiempo de recreo. Es él quien ha visto la película, con la misma expresión boquiabierta de las veces anteriores, con los mismos nervios en el estómago, con la misma piel electrizada. El mismo niño que todavía no llega al suelo con los pies, arrellanado en su butaca. Y a este niño, por descontado, se la sudan bastante las incoherencias, los derrapes, las reiteraciones. Este niño no razona, no analiza, no se presta a los debates. Para él, El despertar de la Fuerza es una obra maestra. La mejor película del año. Sin peros, sin fisuras, sin hostias en vinagre. No traten de discutir con él. Eso es en otros foros. Aquí, si quieren, pueden dejar a sus hijos, para que la chavalería se monte su rollo, y se ponga a jugar con los muñequitos. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com