Misión Imposible III

Misión imposible III, con sus amores ñoños y sus hostias como panes, ha sido la única ficción del fin de semana. La película es, para decirlo suavemente, tan entretenida como cuestionable, pero gracias a Tom Cruise el retoño ha vuelto a comparecer en el sofá, y eso vale por cien películas vistas en solitario. Juntos nos hemos descojonado con las peripecias de Ethan Hunt, y hemos amado en silencio, cada cual a su modo, la belleza desarmante de Michelle Monaghan.



       Y nada más, en este páramo provisional de las películas. El cine, para quien esto escribe, siempre ha sido una celebración de la alegría, o al menos de la paz de espíritu. Perseguido por las sombras o rodeado de fantasmas, soy incapaz de prestar atención a lo que veo, y desperdicio las horas sin disfrutar las ficciones, y sin arreglar las realidades. Otros, más afortunados, enchufan el televisor y al instante se desenchufan de sí mismos, para evadirse a otros mundos donde ya no son ellos, sino el cowboy que dispara, o el astronauta que explora mundos. Uno, por desgracia, viaja siempre consigo mismo, a cualquier lugar donde pretenda fugarse, y en cualquier ficción, por disparatada que sea, vive esposado a su yo sempiterno y paliza, que le impide volar, y transustanciarse en un personaje que lo difumine.




       Es por eso que este fin de semana, con el ánimo ensombrecido, y los espectros rondando las esquinas, he preferido refugiarme en la cabaña de los deportes, que es la prescripción médica para estos malestares del alma. Viendo el fútbol o el baloncesto uno se repantiga en el sofá y al poco tiempo, gracias al devenir errático de la pelota, y al mareo constante de los marcadores, queda uno hipnotizado y ausente de sí mismo. El deporte es bello, entretenido, admirable en los lances más meritorios, pero al mismo tiempo es banal, idiota, de una trascendencia nula sobre la vida real. En las películas siempre están las neuronas espejo dando por el culo, identificándose con los personajes, amando y odiando lo mismo que ellos aman y odian, y así es imposible el nirvana del olvido. El deporte, en cambio, permite sublimar las pasiones en un gas que es inocuo y festivo, y uno se entrega alegremente a la bartola del tiempo perdido, y de la vida desperdiciada, con tal de no pensar en sus propios asuntos. Bendito sea, el Movistar +, antes conocido como Canal +. Mi más mejor amigo, como decía Forrest Gump.




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