Les Revenants: auge y caída.

Pintaba muy bien, Les Revenants, con esos muertos que regresaban de la tumba para seguir con su vida normal, que si los deberes del colegio o si las copas con los amigos. Los primeros episodios fueron inquietantes y promisorios, y uno, llevado por el entusiasmo de haber encontrado una serie original, vino a estos escritos a presumir de seriéfilo minoritario, siempre atento a las recomendaciones de cosas extrañas y estilosas. Qué tonta es la gente, pensaba uno, enfermo de orgullo. A quién no le podía gustar Les Revenants, con sus muertos redivivos, sus vivos boquiabiertos, sus misterios anegados por las aguas del embalse...



        Pero llegaron, ay, los meandros del guión, y las preguntas sin respuesta, y uno, en el tercer episodio, ya se descubrió tonteando con el móvil en algunas escenas incomprensibles. Los vivos no salían corriendo del pueblo acojonados por los muertos que regresaban. Los católicos no subían al campanario para anunciar gozosos la resurrección de las carnes. Nadie llamaba a las televisiones para contarle al mundo que mil Lázaros franceses habían salido de sus sepulcros. Lejos de eso, los habitantes del pueblo admitían a sus muertos como si tal cosa -hosti tú, qué tal te ha ido en el más allá-, y eso creaba escenas que a uno, en su racionalismo científico, le costaba digerir. Será que todavía andan turulatos, concedía uno, y que tardarán varios episodios en tomar decisiones congruentes. A saber qué haría uno en tales circunstancias: cagarse por la pata abajo lo primero, eso seguro.



              Pero los episodios pasaban, y los vivos seguían hablando con sus muertos como si volvieran de unas vacaciones, o de un viaje al extranjero. Algunos, incluso, se acostaban con ellos para recuperar el tiempo perdido, y tras la excitación de la carne, en el remanso del abrazo y del besuqueo, no se acurrucaban junto al corazón resurrecto para ver si aquello latía de verdad.  Nada de eso. En los últimos episodios ya ni los guionistas sabían qué hacer con sus propios zombis, y a veces los volvían a matar, para resucitarlos al poco, o los lanzaban a vagar por los bosques, sin que el espectador atribulado, ya más pendiente del móvil que de las tramas, supiera muy bien el origen de tales vaivenes. Al final, en el colmo de la fantasía ultraterrena, sale un hada madrina que guía a los muertos en su deambular, una pelirroja guapísima que hace de embajadora en el país de los vivos para negociar los acuerdos de reinserción social. Un disparate. Me imagino a los guionistas de Les Revenants encarando los últimos desenlaces alrededor de la mesa creativa, preguntándose el uno al otro con cara de desconcierto: "¿Y ahora qué hacemos, tú?". Sé que hay una segunda temporada recién estrenada. Que les vaya bonito. Que caiga la nieve, lánguidamente, sobre los vivos, y sobre los muertos, como recitaban al final de Dublineses.



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