El currante

En El currante, que es una caspósica película de Mariano Ozores, Andrés Pajares es un pluriempleado que trabaja veinticuatro horas al día. Lo mismo pone ladrillos en la obra que arregla retretes en las casas; que repara coches en el taller que empalma cables en las oficinas. En 1983 aún era posible encontrar tipos así, que se ganaban la vida haciendo de todo un poco, y la película, en ese sentido, se ha convertido en un documento histórico. Mi padre, sin ir más lejos, era un currante que por las mañanas tallaba muebles y por las tardes trabajaba en un cine. Los que por entonces hablaban del drama del paro no podían imaginar que sus hijos, treinta años después, las iban a pasar canutas para conseguir uno sólo de aquellos quehaceres.



          Manolo, que así se llama el personaje de Pajares, no necesita sus cuatro empleos para vivir, sino para pagar el colegio de su hija, un internado exclusivo de las afueras de Madrid donde se aprende a jugar al golf y a lanzar desprecios sobre el populacho. La chavala, que no parece muy espabilada, cree que su padre es un alto gerifalte de las finanzas, un tipo influyente que desayuna con los ministros y se toma unos vinos en La Zarzuela. Y Manolo, para no desengañarla, para no confesarle que en realidad es un obrero que vive con lo puesto en una pensión, todos los jueves, que es el día de visita en el internado, monta un paripé de cochazo y mayordomo, de restaurantes franceses y amigotes con influencias.



               Esta es, grosso modo, la trama de El currante, una película de Pajares y Esteso sin Fernando Esteso. Una gansada de Mariano Ozores que si la coges por el lado torcido sería de mucho criticar y mucho ponerse irónico, pero que uno, amable con estas cuchipandas celtibéricas, se toma de buen grado y hasta celebra con dos o tres carcajadas. La película no hay por donde cogerla, ciertamente, pero uno se ríe mucho con Andrés Pajares, que es un comediante con gracia y desparpajo. También sale, cómo no, Antonio Ozores, que es un tipo alto con gafas y cara de lelo que me recuerda mucho al autor de estos escritos. Y tampoco faltan, salpicando la trama, los tetámenes habituales en la filmografía de don Mariano, que en eso, hay que reconocerlo, tenía un gusto exquisito. Nada de volúmenes excesivos ni de desparramamientos laterales. Todo en su justa medida, muy bonico y centrado. Un diez, en ese apartado.





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