Bitelchús

Si hacemos caso de lo que cuenta Tim Burton en Bitelchús, morirse significa quedarse en casita para siempre, tan ricamente. Que es lo mismo, por cierto, que contaba Alejandro Amenábar en Los Otros. De ser así, a veces pienso que ya estoy muerto, porque pasan los días del invierno y apenas piso la calle, sólo para ganar el sueldo, y comprar pan en la tienda. Hay otras salidas, por supuesto, pero creo que las sueño, o que las protagoniza un tipo que se me parece mucho. El hombre que sale a caminar por los montes o asoma por los campos del fútbol no soy yo, sino mi cuerpo astral, que es un ácrata de mucho cuidado que hace lo que quiere. Mientras él se aventura entre la flora y fauna de la comarca, yo quedo des-fallecido en el sofá, o fallecido del todo, que ya no sé. Tal vez no regresé de aquella hostia con la bicicleta, o de aquella operación a tripa abierta, y lo que tomé por apagones de la consciencia fueron verdaderos tránsitos hacia el más allá, indoloros e incoloros. Sin luces al final del túnel ni zarandajas por el estilo. Un irse sin más, como presumían los matarifes de Tony Soprano cuando hablaban de sus propias muertes.




              Si estar muerto es esto, tengo que confesar que no se está mal del todo. Con la muerte no han desaparecido las películas, ni los libros, ni la antena parabólica del Movistar +. Ni este ordenador portátil donde escribo las tonterías. Sí he notado, claro está, que los hombres ya no me escuchan, y que las mujeres ya no me ven, pero esto también sucedía cuando estaba vivo, y estoy muy acostumbrado a la transparencia. De momento no me aburro, pero cuando llegue el marasmo de los siglos tal vez diga tres veces seguidas "Bitelchús" para que comparezca el divertidísimo fantasma. Juntos nos reiremos  de las viejas y los panolis, los estúpidos y los fachas. Bitelchús, la película, es un descojone, pero sólo durante un rato. Según IMDB, su protagonista apenas sale 17 minutos, y eso sabe a poco, a poquísimo. Y es incomprensible, además. Cuando Michael Keaton se deja llevar por la locura, la película se vuelve traviesa y gamberra. Casi moderna. En cambio, cuando él no está, todo es más bien soso y ñoño, desfasado en 27 años que parecen 27 siglos. ¿O es que tal vez han pasado 27 siglos de verdad?




1 comentario:

  1. Pues en tu estado de muerte o letargo, creo que ya tienes mucho más que mucha gente, tus libros, tu pelis, tu antena y tu ordenador, y el saber estar contigo mismo, que no creas que es fácil aguantarse a uno mismo muchos días, porque yo creo que mucha gente son como los fantasmas de la peli, necesitan rodearse de otros para que les entretengan o simplemente como en la escena de la cena para descojonarse de sus congéneres y así sentir que su vida tiene sentido, por lo tanto si a uno le llena hacer maquetas y a otros sus libros ole por él, pero lo me parece absurdo es que haya que justificarse de nuestros actos y nuestros gustos.

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