Los peores años de nuestra vida

Hace dos meses, a finales de agosto y principios de septiembre, encontré una película titulada Finales de agosto, principios de septiembre, y aunque ya presumía de antemano que el bostezo iba a ser largo y memorable, tal intersección entre la realidad y la ficción no podía ser desdeñada, y tuve que sentarme en el sofá por ver si los dioses me deparaban una enseñanza vital, un aprendizaje inaplazable de mi propio existir.
    Hoy, en los peores momentos de la vida -porque como dice Louis C.K. a partir de los cuarenta años la decadencia es exponencial, y porque el desaliento se ha adueñado de este otoño plomizo - me topo con Los peores años de nuestra vida, que suena a tragedia de película francesa y tostona, pero que en realidad es una comedia del género madrileño, una de Emilio Martínez-Lázaro y David Trueba con sus escarceos sexuales y su barrio de Malasaña. Una película de los viejos tiempos, imperfecta y divertida. Descocada y entrañable.



          Yo tenía la misma edad que sus protagonistas cuando la vi por primera vez, hace veinte años, en un lugar de La Mancha de cuyo nombre sí quiero acordarme: Toledo, la ciudad imperial que me acogió en el exilio laboral. Yo también era un veinteañero soñador y romántico, que elucubraba teorías al hilo de los rechazos amorosos. Yo, como Gabino Diego y Jorge Sanz, también vivía enamorado de Ariadna Gil, de sus ojos de china, de sus labios de gominola, aunque todos sabíamos que ella era la novia insobornable del guionista. Yo, curiosamente, vi Los peores años de nuestra vida en los mejores años de la mía, que tampoco fueron gran cosa, no vayamos a exagerar, pero que aún tenían la promesa del amor volcánico, y de la vida entera por delante. Y que mantenían esta barriga, ahora hijaputa e indestructible, bien desinflada en el interior de las entrañas. Ahora que han llegado los funestos presagios que anunciaba su título, Los peores años de nuestra vida sirve para recordar aquellos tiempos que fueron los mejores, o los menos malos. Gabino Diego y Jorge Sanz se han quedado fosilizados en el celuloide, y yo, atrapado en la realidad, casi me he convertido en su padre. En el pobre Agustín González que criaba gallinas en la terraza de su piso, añorante y medio cuerdo, barrigudo y con tres pelos.



       Dice el personaje de Gabino Diego al principio de la película, como Woody Allen en Manhattan, tumbado en el sofá con la grabadora en el regazo:

       "Me gustaría poder borrar de la historia de mi vida la primera vez que me enamoré. Porque ahí se jodió todo. Si me paro a pensarlo, la infelicidad llegó cuando apareció la primera chica de mi vida. Yo era un niño completamente feliz. Me pasaba el día tan tranquilo, pegando mocos debajo de la mesa, y jugando a los soldaditos..." 




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