Mad Men. El adiós

Asisto con interés decreciente a las tracas finales de Mad Men. Sólo me quedan dos episodios para conocer el destino último de Don Draper, que es el único motivo seriéfilo, y ya no sexual, que aún me ata a la serie. Los demás personajes me importan un pimiento, la verdad. Incluso Roger Sterling, el amigo de Don Draper, que al principio era un tipo de inteligencia acerada y filosofías luminosas, ha ido convirtiéndose en un personaje ridículo, con sus peinados, su hija hippy, sus tontunas con las secretarias. Los demás hombres de Mad Men jamás enseñaron nada de provecho a este provinciano que los contemplaba desde la distancia del tiempo y del océano. Comparados con Don Draper, sólo han sido unos chiquilicuatres de la vida, con sus esposas gordas, sus amantes estúpidas, sus whiskys a deshora. Lo archisabido, vamos. La mayoría sólo ha figurado para estirar los minutajes de la serie, y robarle protagonismo al verdadero jicho de la función, al que uno siempre siguió con un cuaderno puesto en las rodillas para tomar nota de sus recursos profesionales y de sus trucos amatorios, a ver si por imitación o por ósmosis algo se quedaba pegado. Mad Men, reducida a su esencia argumental, ha sido un documental de National Geographic sobre cómo se las gastaban los machos alfa en el ecosistema de Madison Avenue.



      En Mad Men también han salido muchas mujeres, claro, pero uno, desde la distancia añadida de su género, jamás ha empatizado con sus traumas. Uno, por supuesto, ha simpatizado con su lucha por la igualdad en el trabajo, pero más allá de eso, en cuestiones de sentimientos y amoríos, se ha visto incapaz de seguirles el rollo, porque ellas, al fin y al cabo, no dejan de ser mujeres, y cualquiera que trate de comprender ese caos neurológico no puede salir cuerdo de la ficción. Los guionistas, además, no sabemos si por pura maldad o si por conflictos con el calendario, nos hurtaron muy pronto la presencia de January Jones, esa rubia perfecta que nos volvía locos con aquellos camisones de ensueño que Don Draper le arrancaba cuando volvía verraco del trabajo. Primero se puso gorda como una ceporra y luego quedó reducida a una presencia marginal y ridícula. Para compensar esta tragedia, nos colocaron a Megan Draper como musa de nuestras pasiones, pero Megan, la pobre, aunque era una buena chica con un cuerpo escultural, no podía esconder una dentadura caballuna que nos sacaba del ensueño cada vez que sonreía. En fin... Siempre tuvimos, eso sí, como referencia fija en el cielo de la belleza, el poderío tridimensional de Christina Hendricks, la estrella polar que trascendió el alto y el ancho de nuestro televisor para hacerse también profunda y tangible. Pero su milagro carnal, su desafío aerostático, no ha sido suficiente para compensar tantos minutos de aburrimiento que nos endilgaron sus compañeras de reparto. Su visión era un oasis en el desierto cansino y monótono. Horas desperdiciadas por este espectador que jamás compró nada de lo que Sterling & Cooper publicitó.




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