Larry David

Hoy, 1 de septiembre, Día Mundial de la Depresión del Maestro, expulsado del paraíso infantil que es el verano de dos meses, castigado por los dioses a sudar de nuevo por la frente y ya no por los huevos, de tanto resobarlos en la vagancia, me refugio de mis desdichas en Larry David, la comedia de mi álter ego de California. Si exceptuamos su éxito profesional y sus millones en el banco, su figura estilizada y su desparpajo con las mujeres, Larry David y este escribano somos básicamente el mismo fulano. Igual que los calvos se reconocen nada más verse, los neuróticos también nos reconocemos al instante cuando coincidimos en las penurias de la realidad, o en las fantasías de la televisión, y como hermanos en la desgracia gustamos de intercambiar nuestras experiencias y de recomendarnos fórmulas para aislarnos del mundanal ruido.



        Larry David, la serie, se titula Curb your enthusiasm en su versión original, que significa algo así como contén tu alegría, o refrena tu entusiasmo, o lo que es lo mismo: hoy hace un buen día pero ya verás como viene alguien y lo jode, que es una sabiduría venerable que cuelga de muchos bares de nuestra geografía. En su ficción que sólo es una mentira a medias, Larry David -como yo en esta vida que sólo es una realidad a medias- choca continuamente con personajes que parecen puestos por el ayuntamiento con la única intención de molestar. Tipos estúpidos, fulanas histéricas, profesionales ineptos, timadores sonrientes, majaderos vengativos, puritanas victorianas, maromos hormonados, feministas desquiciadas, alfeñiques engreídos... Es como la canción de Sabina, todos menos tú, o como el cartel que decoraba el sótano de Martin Freeman en Fargo, What if you're right and they're wrong? Los misántropos que nos levantamos de la cama y pensamos que la vida es maravillosa hasta que topamos con el primer tonto del día, no somos como el tío del chiste que conducía en sentido contrario y se quejaba de lo mal que venían los demás. Nosotros, los Larry David del ancho mundo, somos como los católicos, depositarios de una verdad revelada que nos asegura pertenecer a la minoría de los elegidos, tipos que circulamos por el carril correcto de la vida aunque todos los estúpidos y los malvados nos vengan de frente. Y jamás vamos a discutir este punto. Y que nos encierren, si quieren, en los manicomios para alucinados. Esos hijos de puta…




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