La niña de tus ojos

En el idioma inglés no existe la sutil distinción entre ser y estar, porque ellos utilizan para todo el verbo to be, y no diferencian, hablando de actrices, entre estar bella, que es una cualidad transitoria, y ser bella, que es un atributo permanente que resiste cualquier ataque de los aditamentos. Los anglosajones dicen she is pretty y se quedan tan anchos. Nosotros, los hispanos, sabemos que hay actrices de belleza ramplona que a veces, por un azar de los astros, están luminosas en pantalla, como días soleados que dejan ver los perfiles sin brumas ni sombras. Ellas son la mayoría, seres humanos que se encienden y se apagan al ritmo de la salud y la enfermedad, de la pena y la alegría. Semidiosas que sean guapas aunque caigan chuzos de punta hay muy pocas, la verdad: Charlize Theron, si exceptuamos su transfiguración en Monster; o Natalie Portman, que nació sin pecado original; o Jessica Chastain, que la pintes como la pintes, de pelirroja o de morena, de madraza o de Ángel del Infierno, posee unos rasgos perfectos que trascienden cualquier trampa de los  sentidos.



       Penélope Cruz, nuestro producto nacional, también pertenece a este selecto club de la perennidad. La pilles como la pilles, macilenta o desastrada, maquillada o deshuesada, lleva el morbo pintado en cada mirada, y en cada gesto. Y nunca más guapa que en La niña de tus ojos, que es una película entretenida, irregular, a ratos luminosa y a ratos rutinaria, pero en la que sale ella, Penélope, en el cénit de su belleza y de su chispa, de su salero y de su olé. Está tan preciosa y arrebatadora que por una vez en la vida, sin que sirva de precedente, sentimos pena por el doctor Goebbels, que tras tanto devaneo al final no pudo trajinársela. 


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