Hacia rutas salvajes

Uno, como el protagonista de Hacia rutas salvajes, también quisiera vivir into the wild, lejos de los seres humanos, reflexionando sobre sí mismo sin la contaminación perpetua de sus intromisiones. El cielo limpio, y la conciencia despejada. Vivir en un bonito paisaje de Alaska, o de la Patagonia, y comparecer en la civilización sólo una vez al mes, a echar la quiniela en el estanco. Ya de niño, en una premonición de mi misantropía, soñaba con ser farero en el Cantábrico, y dormir al arrullo de la galerna. O astrónomo, como mi héroe Carl Sagan de Cosmos, y vivir en lo alto de una montaña observando las estrellas, más cerca de ellas que de los hombres, como decía el filósofo Nietzsche en su retiro de los Alpes.



       Son sueños que alimento varias veces al día, pajarillos que viven enjaulados dentro de mí. Sueños que se desperezan, que aletean, que hacen un bonito pío-pío que alegra la mañana o el atardecer, pero que rápidamente vuelven al letargo de lo inverosímil. Porque yo no tengo el valor del chico McCandless, que al igual que Hernán Cortés quemó todas sus naves, sus billetes y sus tarjetas de crédito, para no regresar. Yo podría vivir apartado de los hombres, pero no muy lejos. Esta locura Alexander Supertramp, irse de acampada a donde Jesús perdió el mechero y sobrevivir con las plantas silvestres y la caza del alce, sólo por demostrarse cosas a sí mismo, sería un imposible biológico para mí. Yo necesito una radio al despertar, una cafetera bien cargada, una conexión a internet, una televisión grande donde ver las películas. No podría vivir sin la electricidad, sin el supermercado, sin la asistencia de quienes saben arreglar las cosas. Y sin la antena parabólica, claro, para ver el fútbol los sábados y los domingos. No sé pescar, ni cazar, ni coserme un botón de la camisa. Jamás he montado una tienda de campaña o encendido una fogata. No sabría ni como prender una barbacoa para convidar a los vecinos.



           Al igual que aquel personaje de Michel Houellebecq en Las partículas elementales:

     "Estoy fuera del complejo económico-industrial, y ni siquiera podría asegurar mi propia supervivencia: no sabría alimentarme, vestirme o protegerme de la intemperie; mis competencias técnicas son ligeramente inferiores a las del hombre de Neardenthal".

           Y proseguía:

        "Todo lo que sé hacer es producir dudosos comentarios sobre objetos culturales".

        Como uno mismo, que sólo sabe tumbarse a la bartola a ver películas, y luego, acompañado de un crujir de huesos y tendones, pasar a la silla, a escribir estas tonterías sobre ellas.


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