El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas

Matilda Hunsdorfer, la niña más inteligente de su curso, explica ante sus compañeros los resultados de sus experimentos con las margaritas:
"Las semillas que recibieron menos rayos gamma se convirtieron en plantas en apariencia normales. Las que recibieron una radiación moderada dieron lugar a plantas con mutaciones. Las semillas que recibieron una radiación mayor murieron o dieron lugar a plantas enanas".



        El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas no es, como se ve, un documental de La 2 que ponen cuando termina Saber y Ganar. Es el extraño título de esta película dirigida por Paul Newman, que además de ser un tío guapo y un gran actor, dirigió en su madurez varias películas de mucha sustancia, aquella Rachel, Rachel de la maestra mojigata, o esta misma de las margaritas irradiadas con cobalto 60. Las margaritas, obviamente, no son las protagonistas de la película. No se ve crecer la hierba, como dijera Gene Hackman de las películas de Rohmer. Las margaritas pochas son la metáfora de estas dos niñas condenadas al fracaso, las hermanas Hunsdorfer, hijas de una alcohólica majareta que interpreta sin histrionismos la inmensa Joanne Woodward, esposa bellísima del director.
          Ruth y Matilda son dos niñas inteligentes y despiertas que llevan dentro la semilla de la locura y la inadaptación. Abandonadas por su padre y reducidas a la economía de subsistencia, los años escolares, con todos su problemas, tienen pinta de ser los mejores para estas dos flores irradiadas por el infortunio. Los defensores de la influencia ambiental dirán que es el entorno empobrecido lo que influye fatalmente en su destino. Como si el trastorno de la madre o la ausencia del padre lloviera sobre sus cabezas, y las impregnara de un líquido negro y espeso. Los que hemos leído los libros prohibidos sabemos que los seres humanos somos el resultado de los genes, y poco más. Que no hay más cera que la que arde, vamos, y que el destino viene escrito en el lenguaje del ADN. La felicidad o la desgracia, el talento o la ineptitud, la inteligencia o la tontuna, no son cosas que se puedan comprar o vender en el supermercado de la vida. Vienen de serie en nuestro organismo, y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. El cobalto 60 que irradiaba las margaritas de Matilda es, en nuestro caso, el azar de las mutaciones nucleótidas, que nos hace como somos.




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