Belle Époque

Cuando Jorge Sanz, en Belle Époque, decide que ya es hora de marcharse a Madrid, y abandonar la hospitalidad de Fernando Fernán Gómez, se encuentra en la estación con las cuatro hijas del susodicho, que bajan del mismo tren que él iba a coger. Enamorado al instante del póker de bellezas, finge un contratiempo y regresa a casa de Fernando, a toparse con ellas. Éste, al descubrirlo de nuevo en el hogar, dirá aquella frase imborrable de "es el seminarista, que ha venido aquí siguiendo el olor del coño de mis hijas”.



         Este regreso de Jorge Sanz simboliza mi propio regreso a Belle Époque cada cierto tiempo. Belle Époque es una comedia estimable, ocurrente, con actores y actrices en estado de gracia. Fernán Gómez y Agustín González legaron dos personajes inolvidables de los que recordamos cada diálogo y cada entonación, aquello de conculcar el matrimonio, o de ¡coño, cocido! Rafael Azcona tejió un guión tragicómico que es marca de la casa, y que aguanta como un campeón el paso del tiempo. No como ese truño impostado del otro día, El paciente inglés... Pero no nos pongamos en plan cinéfilo y doctoral. Belle Époque, con todos sus méritos, con su Oscar reluciente dedicado al dios Billy Wilder, no sería la misma película, ni nosotros la revisitaríamos con tanta fruición, si no fuera porque las cuatro señoritas salen tan frescas y lozanas. La mayoría de mis conocidos echan la baba por Maribel Verdú, que además de ser hermosa siempre folla en los fotogramas con un verismo excitante y perturbador. Otros amigos, engatusados por cualquier rubia que aparezca en pantalla, reservan sus piropos para Miriam Díaz Aroca, que yo siempre vi algo ajada para el papel. Algunos, seducidos por la inocencia de las nínfulas, dicen preferir a Penélope Cruz, que todavía no había desarrollado las carnalidades que luego desarrolló, pero que ya era la flor promisoria de un fruto muy nutritivo.



                Yo, por supuesto, estoy con ellos, y soy partícipe de sus fogosos entusiasmos, pero mi amor verdadero, el que nadie escoge en primer lugar, es Ariadna Gil, la cuñada del director. Hay algo de lapona en sus pómulos, de golosina en sus labios, de pantera en su mirada. Algo a medio camino de lo chino y de lo salvaje que no podría explicarles muy bien, la verdad. Instintos muy míos que encienden fuegos muy poco artificiales. Ariadna, además, en el colmo de los morbazos, hace aquí de lesbiana irreductible, lo que paradójicamente dispara las fantasías y acrecienta los deseos. Ni punto de comparación con sus tres hermanas.



1 comentario:

  1. Lo vuestro es la hostia, nunca entedere el morbo que OS da una lesbiana, hasta OS imaginais haciendo un trio con las dos, y es mas factible que llegue una marciana para que la dejéis embarazada que una lesbiana coja una polla entre sus manos. Pero bueno eso son paradojas de la mente masculina.

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