Mad Max: Furia en la carretera

Con la edad, uno se ha convertido en una rata huidiza de los blockbusters. Cualquier película destinada a la chavalería queda automáticamente borrada de mis agendas, como una prevención visual para mi mareo, como una terapia auditiva para mis tímpanos. De vez en cuando, sin embargo, uno se deja caer en la trampa, y mordisquea el veneno de los canales de pago a ver si regresan las sensaciones de los tiempos mozos, de cuando las explosiones y los mamporros eran motivo de exaltación y gozo, y no esas torturas que ahora me levantan la cefalea. No soy de los puristas que reniegan de las modernidades porque el guión sea flojo, o porque los personajes se pasen la rectitud ética por el forro. A mí, provinciano por naturaleza, amoral por convicción, estas sutilezas me importan poco si el artificio me deja hipnotizado como un mono. Yo me quejo de la cacofonía, del montaje disparatado, de los efectos generados por ordenador que rebasan con mucho la memoria RAM de este pobre cerebro, un cacharro ya obsoleto que ni los médicos se atreven a reparar, no sea que toquen un cable y acaben por joderlo del todo.




            Llámenlo intuición, o potra, o rabillo del ojo que leyó una crítica positiva por casualidad, pero en su último viaje, el barco pirata me dejó en el ordenador una copia cojonuda de Mad Max: Furia en la carretera, un archivo con muchos gigas que pedía a gritos estrenar el USB incorporado de mi nuevo televisor. No les mentiré si les digo que la presencia de Charlize Theron pintada para la batalla también me seducía lo suyo. Y es que tiran más dos tetas –aunque sean como las suyas, tan bonitas pero livianas- que cien carretas futuristas surcando los desiertos australianos. Apagué las luces, aposenté el culo y le di al play. Dos horas después estaba de regreso en Invernalia, pero es como si hubieran transcurrido dos días, o dos años, porque las películas que te cogen por los huevos desde el primer fotograma no pasan en un suspiro, sino que te llevan a otra realidad muy densa y vívida, y al descubrirte de nuevo en el sofá es como si volvieras de un largo viaje, y sintieras cierta extrañeza y pesadez.




               Mad Max: Furia en la carretera es la hostia. No se me ocurre más alta literatura que ésa. La hostia. Dos horas de locura absoluta en el futuro arenoso de la humanidad. Un guión mínimo para un espectáculo grandioso, de ponerte unas palomitas a la vera y quedarte con la primera a medio camino de la boca, así todo el metraje, congelado en la misma foto del tontaina. Cuando no es un topetazo de los bólidos es la belleza felina de Charlize Theron; cuando no es un trastornado que se inmola sobre el camión es la hermosura divina de esas top models (sic) que huyen de la Ciudadela. El que caso es que no hay tiempo para comerse la palomita, ni para pensar en otra cosa que no sea la persecución y la huida, y uno, primitivo como el que más, atrapado en esa suspensión del estado reflexivo, en esa idiotez que provocan el ritmo frenético y el paisaje de pesadilla, ha reencontrado el viejo nirvana de la adolescencia. Al fin.




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