El marido de la peluquera

La vida matrimonial, a partir de los cuarenta años, en los amores deslucidos de la gente corriente, es un largo desierto con oasis sexuales muy distantes entre sí. Los hombres más impacientes curan su sed en los espejismos de los prostíbulos, o de los affaires del aquí te pillo, episodios que sólo elevan la temperatura ambiental e incrementan la sensación de sed. Los maridos menos hormonados -que son, de rebote, y no por conciencia, los más fieles y pusilánimes- aguantan como pueden el reseco chaparrón, y se refugian en los sueños eróticos de la gran pantalla, o en el voyerismo de la vecina del cuarto, inalcanzable y guapísima en su espléndida madurez. Y quedan, también, como gotas de agua que a veces escapan de las nubes, como perlas de rocío que en las madrugadas perseveran sobre la arena, las peluqueras. A veces pasan las semanas, y los meses, y ellas, desde el recato más aséptico y profesional, son el único contacto sensual que ameniza la larga hambruna de las alcobas. Las únicas mujeres que por exigencias del guión acarician el cabello, rozan la nuca, colocan su pecho muy cerca de la piel requemada.





            Ignoro si la vida sexual de Patrice Leconte, que por entonces ya había pasado la barrera de los cuarenta años, sufría estas travesías del desierto cuando rodó El marido de la peluquera, su obra maestra incontestable. Si no fue él, desde luego, fue un buen amigo quien le puso sobre la pista de esta sensualidad atrapada en las peluquerías de caballeros, regentadas por mujeres que sin pretenderlo son en sí mismas un bálsamo, un perfume, una invitación a cerrar los ojos y dejarse llevar. El marido de la peluquera es un sueño erótico hecho realidad: el que tuvo Antoine a los doce años, sabedor visionario de que sólo casado con una peluquera encontraría la paz de la vida sencilla, y de la armonía sexual. Por qué vagar por el mundo incierto de las mujeres y no acudir, directamente, al refugio de tanto rechazo y tanto quebranto.  Por qué volar de flor en flor, de espina en espina, y no pedirle matrimonio a Mathilde, para que nos deje vivir allí, en el propio establecimiento, sin más mundo que su visión, sin más experiencia que sus manos, sin más amistades que los clientes que llegan y rápidamente se van.



            Uno, por azares de la residencia, también confía sus cabellos a las peluqueras del pueblo, y siempre se acuerda de esta película en tales tesituras, y sólo la vergüenza le impide a uno levantarse del sillón para bailar música árabe como un demente. Mis peluqueras no son como Mathilde, ni hablan francés, ni tienen su mirada melancólica ni sus afanes de suicidio, pero son agradables y eficientes, y la experiencia, sin llegar a ser sensual, es grata y placentera. A uno, como Antoine, también le gusta el trato con las peluqueras, pero puestos a escoger, como cantaba Joan Manuel Serrat, prefiero las fisioterapeutas. El marido de la fisioterapeuta, sería la película de mi vida, mi sueño erótico hecho realidad. Vivir con ella, en la consulta, sin más universo que su trabajo, sin más contacto que sus masajes, sin más seres humanos que los clientes que ella tocaría sin amor.


2 comentarios:

  1. Y como se siente una mujer, dímelo tú, en que sueños eróticos se refugia, cuando a partir de los cuarenta se siente diferente por los pasos de los años, los partos y demás y se ve como una flor que has cortado y puesto al sol todavía es bonita pero un poco marchita.

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  2. ¿Que como se siente una mujer...? Sólo los dioses, y Pedro Almodóvar, tienen la respuesta. Bastante tengo con seguir True Detective II, que tampoco es moco de pavo.

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