Calabria, mafia del sur

Calabria es una película italiana que trata sobre los mafiosos de verdad. No los de Chicago con los borsalinos, ni los de Atlantic City con el whisky, ni los de Nueva Jersey con las basuras. Que también son mafiosos, no lo niego, tan psicópatas y tan irascibles como cualquier matón que se precie, pero que ya tienen una pátina de americanos bien lavados y afeitados, con buenos trajes y colonia cara que les regala su operadísima mujer de grandes tetas. La mafia que protagoniza Calabria es muy parecida a la que tuvo que abandonar Vito Andolini en las alforjas de un burro, allá en su pueblo siciliano de Corleone. Ha pasado más de un siglo entre una ficción y la otra, pero la mafia fetén sigue funcionando con gentes parecidas, aunque ahora se muevan en todoterrenos y se comuniquen con teléfonos móviles. Siguen siendo los mismos tipos cejijuntos y cetrinos, malencarados y vengativos, que viven colgados de los montes donde triscan las cabras y se despeñan los tomates, y que siguen disparándose con las luparas por asuntos de lindes o de burlas al honor. Son los mismos Giuseppes con boina que viven casados con las mismas Francescas de luto, mujeres ajadas, gritonas, de tetas caídas y mil medallas de la Virgen enredadas al cuello.




           Estos mafiosos que se quedaron en Calabria a cuidar del terruño no tienen nada que ver con sus primos americanos, ni con sus hermanos de Milán, que se dedican al trapicheo de drogas o a la doma de prostitutas, y que cuando regresan al pueblo por vacaciones lo hacen en cochazos impolutos. Los calabreses sedentarios, al lado de la despensa donde guardan el vino peleón y el queso de cabra, guardan los tarros de las esencias, que abren con disimulo para perfumar el ambiente cuando llegan las visitas, para recordarles que podrán vivir muy lejos, en Nueva York, o en Carajistán, pero que jamás dejarán de ser unos calabreses que se toman la justicia por su mano, hacen favores con altos intereses a los compinches, y luego se lo cuentan todo al cura en sagrada confesión, para seguir matando con el alma ya limpia de remordimientos. 


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