Bienvenidos a la casa de muñecas

No sé si fue un filósofo del bachillerato o un cómico del stand-up el que dijo que la gran tragedia del mundo es que los feos también quieren follar. Porque la libido, atrapada bajo muchas capas de tejido cerebral, es un resorte que no sabe nada del cuerpo que lo alberga. Un impulso autónomo, preprogramado, que se despierta con las hormonas y desea y anhela con la misma intensidad que la top-model o el macho alfa.



             Para que ambas subespecies se mezclen lo menos posible, la naturaleza ha creado esa etapa de ensayo y error que es la adolescencia. La muchachada, alegre, inexperta, engañada por la publicidad, prueba suerte con sus objetos de deseo, y coleccionando síes y noes va ubicándose en el escalafón de la belleza. Los elegidos aprenden pronto que han nacido para triunfar; los relegados, en cambio, necesitarán varias hostias para asumir que ellos habrán de renunciar y conformarse. Sólo los muy inteligentes y las muy listas aprenden su papel con rapidez, y ya no pierden el tiempo en sueños inútiles ni en flirteos con lo imposible. Queda un dolor sordo y triste, en cualquier caso. La adolescencia, para los menos afortunados, es un trance doloroso y poco fructífero, que a veces deja heridas tan profundas que nunca se curan. Heridas que vuelven a escocer cuando en las películas salen personajes que se parecían mucho a nosotros, tontorrones, incautos, desubicados en las tablas de los percentiles. Las desgracias afectivas de Dawn Wiener en Bienvenidos a la casa de muñecas nos devuelven a hojas ya descompuestas del calendario, y por culpa de este hijo puta llamado Todd Solondz, que es un cineasta de intenciones ladinas y diagnósticos certeros, volvemos a sentir esa olvidada opresión del corazón, esa melancolía del sueño cercenado. 


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