Pulp Fiction




Los que guardamos fidelidad al Real Madrid a pesar de los despropósitos deportivos de su presidente –te queremos, Iker-, llevamos una década sufriendo la misma perplejidad que volvió loco al Antonio Salieri de la película Amadeus. Nosotros, los príncipes destronados, los merengones atribulados, contemplamos con asombro y hartazgo las proezas de ese enano atómico llamado Leo Messi, un tipo que cuando corre, o dribla, o asiste a sus compañeros para que metan un gol a puerta vacía, parece un ser extracorpóreo, inhumano, venido de un más allá evolutivo o galáctico, pero que sin embargo, cuando se detiene a lanzar una falta, a protestarle al árbitro, a anunciar un pan de molde en la televisión, tiene pinta de ser un tipo más bien corto, autístico, como si le faltaran dos sorbos de mate o tres asados argentinos para estar completo del todo. Salieri, en Amadeus, no podía soportar que un tipo frívolo e infantil, mujeriego y diletante, hubiera sido elegido por Dios para transcribir la música de los cielos. Nosotros, cada domingo de la liga, cada miércoles de la Champions, no podemos soportar que los dioses hayan elegido a esta extraña criatura para conculcar la supremacía blanca en los reinos futboleros de Europa.



                 Con el buen humor campando fugazmente en esta habitación recocida al sol veraniego, veo los extras que acompañan al DVD de Pulp Fiction, y no deja de sorprenderme, al hilo de lo que razonaba en el párrafo anterior, que un tipo como Quentin Tarantino, que ya de joven tenía la frente despejada, la quijada de burro y la mirada de loco, sea el genio que andaba detrás de esta película tan redonda como mítica. De esta obra maestra que habré visto cinco o seis veces de cabo a rabo y otras cien revisitando escenas sueltas cuando me la encuentro en los canales de pago o en las búsquedas del Youtube. Quentin es un tipo que no fue a la escuela de cine, que se crió viendo bazofia de videoclub, que leyó poco, viajó casi nada y se quedó con cuatro ideas sueltas de los grandes maestros. Un pajillero de la violencia que una buena mañana de su juventud, mientras se rascaba la barriga y tomaba su café bien cargado, recibió la visita de un ángel para anunciarle que él era el Elegido, y no los chavales que allá en la Universidad destripaban las películas de Truffaut o de John Ford, y que debía pasar, inmediatamente, por imperativo divino, de la postración del espectador a la acción desenfrenada del cineasta. Es bien sabido que los caminos del Señor son inescrutables, pero es que este designio digital de Quentin Tarantino -bienaventurado por otra parte- es una de sus voluntades más oscuras, más caprichosas, materia teosófica para los mejores exégetas del mundillo.




Butch: ¿Estás bien?
Marsellus Wallace: No estoy bien. Estoy a mil jodidas millas de estar bien.



Pumpkin: ¿Cuál es tu cartera?
Jules: Es la que pone “hijo de puta peligroso”.


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