Kill Bill. Volumen 1




La primera vez que vi Kill Bill fue el 11 de marzo de 2004, el mismo día en que los terroristas islámicos reventaron aquellos trenes infaustos de Madrid. Fue en un cine de Invernalia, en la primera sesión de la tarde; veinte o treinta personas que habíamos decidido ver una de Tarantino para limpiar con violencia de mentira la violencia de verdad que nos había dejado noqueados. Quien diga que la violencia de Kill Bill es nociva para el espíritu e incita a cometer más violencias fuera de los cines, o de los salones de casa, no tiene ni puta idea de lo que dice. No estuvo aquel día, en aquella sala, lavándose con sangre artificial, con coreografía de cómic, con gilipolladas de kung-fu, la sangre real, el baile mortuorio, la dosis de hiperrealidad que nos había saltado a la cara desde los reportajes del telediario. A los encargados de censurar imágenes se les escaparon varios muertos que permanecían inmóviles en sus asientos, apoyadas las cabezas en los respaldos o en los laterales reventados de los vagones. Creo que a ningún españolito se le iban esas víctimas de la cabeza. Eran como cualquiera de nosotros, vestidos con ropa de paseo o de trabajo, viajeros de un tren que todos habíamos tomado alguna vez. Mientras los sociópatas que nos gobernaban utilizaban la masacre para asustarnos con el coco de ETA y arañar trescientos mil votos decisivos, los ciudadanos, que ya escuchábamos en las noticias el lejano tronar del jamalajá, seguíamos a nuestros quehaceres con la imagen de aquel hombre y de aquella mujer reventados por dentro, mansamente desmadejados en su trayecto ya detenido para siempre.



           Cómo será de buena, de entretenida, de bien hecha, Kill Bill, que yo juraría que no sólo yo, sino todos los demás refugiados en la sala llegamos a olvidar, durante dos horas, aquella movida madrileña tan poco fiestera y enrollada. Pero la ilusión duro poco: al salir del cine rápidamente volvimos a los telediarios, a las radios, a las webs cochambrosas que por entonces no adelantaban demasiado los contenidos. Kill Bill, volumen 1, con su creatividad desbordante, su estética absorbente y su Uma Thurman despampanante, tuvo que esperar nuevas oportunidades para ser valorada en su justa medida. Y que se vayan al carajo, los que dicen que es una película vacía, de personajes mal dibujados y trama más bien esquemática. Porque fue esa simpleza, esa tontuna, esa aparente nadería, la que aquella tarde nos concedió el respiro del alma y la sensación rediviva de normalidad. Han pasado once años desde entonces –¡oh, dioses, once años!-, y cuando hoy, en esta habitación, ha vuelto a sonar el Battle without honor or humanity mientras O-Ren Ishii y sus locos muchachos entraban en el local de moda, me ha venido como un entusiasmo adolescente, como una alegría inexplicada, y he vuelto a pensar, por tercera o cuarta vez en lo que llevamos de semana, que el loco frontudo de Tennessee es un regalo inmerecido de los dioses. Para días como aquel, y para días como hoy. 


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