El lobo detrás de la puerta

Bernardo es un cuarentón casado que conduce autobuses urbanos en Río de Janeiro. Aunque gana un sueldo de mierda y vive en un cuchitril de los arrabales, conduce un deportivo descapotable, lleva impolutas sus vestimentas de civil y se repeina todas las mañanas como un gigoló antes de salir de casa. Un día, en la parada del cercanías, conoce a Rosa, una monada que debe de ser la única pelirroja natural entre los cariocas. Ella tiene veinticinco años, voz de novicia y cuerpo de infarto. Y una cara para anunciar jabones faciales de muchos reales la onza. Ya digo que Bernardo, para sus cuarenta y tantos años, se mantiene en un estado juvenil que muchos de sus coetáneos, grasientos y canosos, envidiamos desde el sofá. Pero el tipo, por mucha seda que se ponga, y mucho aire chulesco que se gaste, huele de lejos a macho simplón, tiene dientes caballunos y sonríe como si le faltaran varios percentiles en las escalas. Es por eso que el guión de  El lobo detrás de la puerta se torna audaz, fantasioso, quimérico más bien, cuando entre la desequilibrada pareja surge el amor salvaje, irrefrenable, de arrancarse el corazón mutuamente en cada polvo. Un acontecimiento sexual con jovencita de rompe y rasga que los cuarentones ya sólo soñamos en las horas más plomizas de la madrugada, y que convierte la película, desde sus primeras y fogosas escenas,  en un asunto más bien de la ciencia-ficción, y ya no del trágico dramón que se avecina con grandes nubarrones en el horizonte...



          Y es una pena, esta bola de hierro que lastra la película como la pierna de un presidiario, porque una vez que aceptas a Bernardo como animal de compañía, El lobo detrás de la puerta es un thriller sugerente, bien rodado, aunque algo estirado como un chicle recocido al sol de los brasileños. La película ha hecho furor entre la crítica especializada, y se ha llevado muchos premios en los festivales del ancho mundo. Pero me temo, ay, que son los jurados católicos los que se han juramentado -valga la redundancia- para darle notoriedad a esta película de pecadores de la pradera. No sé si lo ha hecho conscientemente, pero a Fernando Coimbra, el director de la función, le ha salido un remake de Atracción fatal que ha vuelto a poner sobre la mesa los peligros tenebrosos del adulterio. Un día metes la minga donde no debes y Yahvé, que andaba dormitando sobre una nube, vuelve su colérico rostro hacia ti y te arroja una desgracia de las de cagarte por la pata abajo. Puede que Coimbra sea un director laico, agnóstico, que simplemente ha escrito y filmado una historia de amores truculentos y sexualidades desgarradas, pero los creyentes en el Averno han arrimado la película a su sardina y ya la proyectan, tras santiguarse tres veces, en los cine-clubs parroquiales, en los autos sacramentales, y sobre todo, en los cursos de preparación para el matrimonio, para que los futuros esposos se lo piensen tres veces antes antes de liarla y le juren amor eterno a sus genitales santificados. Amén.


3 comentarios:

  1. El que con niños se acuesta. Y arggg no se porque lo publica dos veces.

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  2. Yo tampoco sé que pasa con la reiteración de comentarios. Pero se siguen agradeciendo igual.

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  3. Thanks guapeton. Pues aquí seguiremos dándote la matraca.

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