Blue Ruin


El odio es la venganza del cobarde. Lo dijo George Bernard Shaw, a quien mi incultura, enciclopédica, sólo recordaba como autor de Pigmalión, la obra de teatro que con los años dio lugar a My Fair Lady. Famélica de saberes, mi ignorancia, supina, ha tenido que buscar a Bernard Shaw en la Wikipedia para ubicarlo en su siglo correspondiente, y para confirmar, de reojo, con una vergüenza que sólo a los íntimos me permito confesar, que George era ciertamente un escritor, y no una escritora, como George Sand, que está visto que el George, en estas cosas de la literatura, no es garantía plena de identidad sexual. Me ha ocurrido lo mismo que al pobre desgraciado de Historias Mínimas, que encargaba una tarta para el cumpleaños de Andrea, el vástago desconocido de su amor secreto, y en la misma pastelería, al ir a pagar, se daba cuenta de que no sabía si Andrea era niño o niña, y si debía, por tanto, decorar la tarta con motivos balompédicos o con una fantasía de tortuga amorosa.



          La frase de Bernard Shaw sobre la venganza la he encontrado por casualidad, mientras buscaba, infructuosamente, otra que soltaba Tywin Lannister en Juego de Tronos, una sentencia fría, brutal, muy propia de su talante, que no anoté a su debido tiempo en los cuadernos, y que ahora, justo cuando más la necesitaba, no logro recordar, ni recobrar entre las verborreas de los frikis de la serie, que llenan cientos de webs con sus teorías y entusiasmos sin concretar nada de provecho. Me hubiera venido al pelo el cinismo de Tywin Lannister para hacer un comentario sobre la película de hoy, Blue Ruin, que es una historia de venganza morrocotuda, muy a la americana, muy de Puerto Urraco, con un pobre desgraciado que para hacer justicia empieza por blandir una navajita y termina enfrascado en tiroteos con armas automáticas y la de Dios es Cristo. Como Bruce Willis en Pulp Fiction, que para liarse a hostias en el badulaque de los violadores primero le echaba el ojo a un martillo y terminaba esgrimiendo la espada del samurái.



       El odio es la venganza del cobarde... En efecto: odio es lo único que uno rumiaría si se viera en la tesitura de Blue Ruin, con el asesino de sus padres fuera de la cárcel, ufano y chulesco. Un cobarde que se encerraría entre sus cuatro paredes y se dedicaría a increpar a los dioses, y a dar de comer a la inquina. No habría películas como Blue Ruin con un tipo como yo, incapacitado para la acción. Para nuestra suerte, Dwight es un hombre aguerrido y valiente -aunque algo fondón y con cara de lelo- que se lanza a la caza del asesino antes de que el asesino venga a por él, lo que da lugar a entretenidas balaceras y matanzas en el estado de Virginia. Con tipos como yo, arrellanados en un sofá, pasados por el filtro del blanco y negro, a lo sumo saldría una película de Dreyer, o de Alain Resnais, con mucho plano fijo, mucha introspección, mucha búsqueda del espíritu humano y algunas zarandajas por el estilo.


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