Puro vicio

¡Puro vicio, puro vicio!, gritaban los curas de mi colegio cuando hablaban del estado general de las cosas. De la España corrompida por los socialistas, de la juventud drogada en los parques, de las iglesias desalojadas por el laicismo. De las enseñanzas que el Ministerio de Educación les obligaba a impartir, y que restaban valor y tiempo a sus predicaciones de los valores cristianos: Dios y Jesús, España y la Virgen, el Generalísimo Franco y Paracuellos del Jarama. Puro vicio, puro vicio, nos repetían a todas horas: vais a vivir en la España del puro vicio, dominados por el sexo, confundidos por el alcohol, seducidos por la democracia, abandonados a la molicie de quien sólo protesta y nada trabaja. Puro vicio, puro vicio, repetían medio locos, como habitantes de Pompeya que salieran huyendo de la lava del Vesubio.


            Puro vicio es también la última película de Paul Thomas Anderson. En ella no salen curas, ni generales, ni ministros socialistas, porque estamos en California, en los años setenta, con Reagan de Gobernador y Nixon en la Casa Blanca. Pero sí es verdad que sus personajes se parecen mucho a los que poblaban las pesadillas de mis profesores. Hay fumadores de porros, yonquis de la heroína, putones verbeneros, lesbianas descocadas, policías corruptos, adolescentes desnudas y procaces... A mis curas entrañables sólo les faltaría Alfonso Guerra diciendo aquello de que "no le quieren porque es hijo de un albañil..." Estaban todos menos tú, como en la canción de Sabina.

            Entre este paisanaje tan selecto -precursor del que treinta años más tarde conocería Hank Moody en Californication- tendrá que moverse el detective privado Sportello, él también porrero de lunes a viernes y cocainómano sólo los fines de semana. ¿La trama? Empieza con un secuestro, eso está claro, pero luego, a la media hora de metraje, llega el enredo, y la nebulosa, y los vapores del cáñamo. Habría que preguntarle a Paul Thomas Anderson, o al jicho que escribió la novela, de qué narices iba este experimento. Ya he confesado varias veces que este no es un blog para aclarar dudas, para desbrozar guiones, para poner luz sobre los desvaríos de directores y guionistas. Quizá porque crecí, efectivamente, en aquella España del puro vicio, y no recibí una educación sagrada y disciplinada, ahora, de cuarentón, mi inteligencia se ha vuelto lenta, limitada, muy confusa cuando la pantalla se llena de tramas y subtramas, de personajes y subpersonajes. Entre eso, y que la película está contada desde el punto de vista de un porrero, y que fue vista en la hora de la siesta ya canicular, Puro vicio se me ha ido en volutas de humo, en luces dispersas, en líneas de diálogo de significados incomprensibles. Se merece un cachete, señor Anderson. Tres Padrenuestros y cinco Avemarías...


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