Más extraño que la ficción

Uno de los propósitos nunca realizados en este diario es llevar un registro de las vidas soñadas junto a mujeres que son pura entelequia del papel y luego del píxel coloreado. Mujeres hermosas, virtuosas y virtuales, que salieron de las mentes calenturientas de algunos románticos incurables. No hablo, pues de las actrices de carne y hueso, a las que ya dedico un altar en el rincón más luminoso de esta iglesia, sino de los personajes que uno va descubriendo en las películas, y que poseen la belleza exacta, el talante gozoso, la sonrisa paciente. Uno, en esas vidas imposibles, se pasaría el día escribiendo poesías tontas en un cuaderno, con muchos corazones y muchos ripios, y no estas boludeces con las que entretengo los anocheceres mientras me derrito con el buen tiempo.
           Podría inaugurar este diario íntimo con Ana Pascal, la panadera de Más extraño que la ficción. Ana Pascal posee los rasgos bellísimos de Maggie Gyllenhaal; vive sola en un coqueto apartamento de Chicago; está sola, sin compromiso, necesitada de un hombre cabal y sencillo; cocina unas galletas crujientes que son la delicia de meriendas y desayunos. Ana, además, es una anarquista que no paga el 22% de los impuestos destinados al gasto militar. ¿Qué espectador no querría traspasar la pantalla, transmutar la carne por electricidad, la materia de carbono por la corriente de electrones, y vivir con Ana en ese mundo imaginario donde ella sonríe, cocina y nos rasca la espalda por las noches?




             ¿Quién no querría vivir con la otra Ana, en Los amantes del Círculo Polar, en aquella cabaña de los bosques de Finlandia? ¿Quién no querría deslizarse en Las vidas de Grace para ir a buscarla al salir del trabajo? ¿Quién no lo mandaría todo a tomar por el culo para desaparecer en Innisfree, en El hombre tranquilo, al lado de Mary Kate Danaher en la cabaña de madera? ¿Quién no acogería en su seno a la simpática Linda Ash, la prostituta de Poderosa Afrodita que cansada de su oficio buscaba sentar cabeza y aplicar sus técnicas sexuales en una monogamia siempre festiva? ¿Quién, ay, no pondría los pies en polvorosa, y los Pirineos de barrera, y viviría para siempre en la peluquería de Mathilde, en la Rue du Chátel, sólo pendiente de sus movimientos, del roce de su falda, del crucigrama del periódico, de la charla insustancial con los clientes? Yo, como Antoine, siempre quise ser El marido de la peluquera.



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