Juego de Tronos. El reboot.

Mi relación con Juego de Tronos ha sido extraña y dispersa. Hace cuatro años, cuando anunciaron su estreno en los canales de pago, me hice el sueco de Invernalia y decidí gastar el tiempo en otras series que por entonces me absorbían la seriefilia: Los Soprano, o The Wire, que no eran moco de pavo. Mi primera impresión de Juego de Tronos fue una tontería de magos y espadachines, como de Spartacus o Conan el bárbaro, un festival para adolescentes donde se cortaban cabezas y tal vez se avistaban bonitos pechos. Mandobles y hechizos, guerreros y damiselas. Bah, me dije.


            Pero luego llegó la habladuría incesante, el ciclón de la publicidad, el no-puedes-perdértela-gilipollas, y uno, llevado más por la curiosidad que por el convencimiento, se apuntó al reestreno de la primera temporada cuando estaban a punto de empezar con la segunda. Vi los primeros episodios de una tacada y me quedé mudo de la impresión. En Juego de Tronos se cortaban cabezas, sí, y salían tías en pelotas, también, pero es que además había unos diálogos de mucha enjundia, unos actores que parecían sacados del teatro británico, unas actrices bellísimas que clavaban las maldades y las venganzas. Y la cabecera, claro, con esa música que sobrevuela el mapa de los Siete Reinos y va erizándote el vello de los brazos, y te coloca en un trance zombi que durará la hora entera, absorto, hipnotizado, ausente del mundo real y de sus estúpidos deberes. Ya no hay trabajo, ni familia, ni citas con los amigos, mientras se decide la suerte del trono forjado con espadas.



            Y así estuve, gozando durante meses de guiones y desnudos, de sentencias y violencias, hasta que llegué al inicio de la tercera temporada y me descubrí perdido en el bosque de tramas y personajes. Tuve que retomar la segunda temporada para poner al día mis laberintos, pero pronto comprendí, ay, que mis enredos también necesitaban un repaso de la primera temporada. Y ahí me dije: ¡tate! ¿Qué será de mí, si continúo esta espiral loca, esta pescadilla con cola, cuando estrenen la próxima temporada, y la siguiente, y la de más allá? ¿Será este el final de mi vida de seriéfilo, de cinéfilo incluso, absorbido ya para siempre por un serie kilométrica de interminables revisiones? "¡Nooorrrl, ten cuidadín!", me dijo el Chiquito de la Calzada que me acompaña en las decisiones trascendentales de la vida, el mismo que otras veces me grita "¡al ataque, ahora!", cuando hay que ser intrépido, o "un lago negro, o un lago blanco", cuando toca poner cara de panoli. No puedo, no puedo, me dije a mí mismo enfrentado a Juego de tronos. Tomé aire, me detuve al borde del camino, y dejé que sus temporadas transcurrieran sin mi concurso. Pero no he renunciado al empeño de poseerlas. Tengo en mi estantería todas las temporadas publicadas en BluRay, pagadas a precio de usura en las rebajas de los Grandes Almacenes. Y tengo, a partir de ahora, un océano de tiempo que rellenar, sin vacaciones y sin fútbol.
            The summer is coming...


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