El puto verano

Hoy, oficialmente, ha empezado el verano, pero el sol lleva tres semanas instalado en el cielo, y a quien no ha frito como un huevo lo tiene cocido o martirizado. Los sabios aseguran que este hijoputa, gracias a la rotación de la Tierra, se oculta por las noches, pero yo creo que su desaparición sólo es una alucinación colectiva que nos salva del castigo permanente de la radiación. Nos drogan, los gobiernos, o los dioses, a las diez de la noche, para que pensemos que vuelve la penumbra y que renacen el frescor y la brisa. La ilusión de revivir, y de hacer cosas. El sol, como enseñaban los sabios antiguos, es un astro fijo e inmutable. Copérnico y sus secuaces sólo vinieron a joder la marrana con sus falsas promesas de un sol errante y a veces escondido.  Esa bola de fuego es el centro inmóvil de nuestro universo, el horno esférico que nos abrasa con mil grados que son cojonudos para el turismo, pero insufribles para los oriundos de estas tierras desoladas. Quisiera abofetear, con mis propias manos, a las chicas sonrientes del telediario, que se ponen delante del mapa y llaman buen tiempo a esta temperatura importada del Averno. Son tan bellas, y tan mentirosas...



             Decía Woody Allen en su libro de conversaciones con Eric Lax:
           “El sol es mi cruz. Lo odio. Lo odio por la mañana cuando me levanto. Lo odio en verano. Es cancerígeno. Ayer iba caminando por el parque y había gente por todas partes, como en el cuadro de Seurat [Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte]. Pero el sol que caía de plano lo estropeaba todo”



           Me quedan, como último refugio, las sombras del salón. La quietud budista de quien sólo mueve los dedos para manejar el mando a distancia. Cualquier otro movimiento, la más leve rectificación de la postura, el más breve escorzo de un rascado de testículos, abriría en mi piel manantiales de sudor que dejarían el sofá impracticable, y yo meado encima como un bebé. Hay que resistir, todo lo que se pueda, entre estas cuatro paredes forradas de películas, con la persiana bajada, el agua helada, la voluntad rebelde. El sol no me doblegará mientras haya ficciones frescas en las que refugiarse.


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