Borgen. El final

Termino de ver Borgen, la modélica serie de los políticos daneses. Nunca se lo agradeceré bastante al internauta que me la recomendó. Borgen ha coincidido en mi televisor con las elecciones municipales en la Piel de Toro, desde la precampaña electoral hasta los pactos mercantiles que ahora copan los titulares y las tertulias. Las comparaciones con Dinamarca son odiosas, sí, y además nos dejan en muy mal lugar. A la altura de una república bananera, o de una excolonia africana. Aquí sí que huele a podrido, y no en la patria de Hamlet, que a lo sumo huele a queso, o a caca limpia de sus vacas orondas.



            En nuestro país, con el fin del bipartidismo, se está hablando mucho de la "cultura del pacto", que es una cosa que nos suena a moderna, a centroeuropea, como de rubios trajeados que miden uno noventa y hablan inglés a la perfección. A democracia de gentes que se dan los buenos días, se sientan alrededor de una mesa y van haciendo un corta-pega de sus programas electorales, las propuestas que entran por las que salen. Más que a europea, la "cultura del pacto" nos suena a chino mandarino. Uno ve a estos políticos daneses de Borgen -que serán ficticios, pero que presumo no muy alejados de la realidad- y entiende porque del Rin hacia arriba todo es progreso y bienestar, zonas verdes y carriles-bici. Y no es que en España seamos gilipollas, o miembros de una especie inferior. Es que aquí, para nuestra desdicha, hay partidos con los que no puedes tomarte ni un café con leche. Y muchos menos si es relaxing, y lo saboreas en la Plaza Mayor.



A estos meapilas de los tiempos de Cánovas les hablas de las cosas que se discuten en Borgen- y que sólo los daneses muy trastornados no comparten-, y una de dos: o no entienden nada, o se parten el culo de la risa. La educación pública, la sanidad gratuita, el crecimiento sostenible, la agenda ecológica, la transparencia informativa, el laicismo del Estado, la dimisión de los corruptos... Tenemos un partido mayoritario que pone todo esto en el programa electoral y luego, nada más cerrarse las urnas, se limpia el culo con el papel que les sobró. Ellos son el ultracentro centrista de la patria indivisible, que en Dinamarca, en Borgen, serían los apestados del sistema, motivo de mofa y befa en el telediario estrella de TV1. Aquí, sin embargo, mandan mucho, y cada domingo son bendecidos en las homilías aprovechando que el Pisuerga pasa por el Evangelio. Así nos luce el pelo, mediterráneo y moreno para muchos decenios, me temo. De haberlo sabido con catorce años, en el mundial de México 86, no hubiera celebrado como un loco los cuatro goles de Butragueño. Pobres daneses, que eran mis hermanos, y yo me alegraba con su derrota. 


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