A single man

Uno, por esas cosas del destino, no es homosexual, ni vive en Los Ángeles, ni es profesor de literatura, ni ha perdido recientemente a un ser querido en accidente de tráfico. A uno le gustan las mujeres, vive en Invernalia, es maestro de escuela, y el único ser querido que ha perdido en accidente de tráfico es Juan Gómez, Juanito, hace ya veintipico años, en aquel maldito viaje hacia Mérida. Quiero decir que George, el protagonista de A single man, más allá de las gafas de pasta, y de cierta apostura natural que en su caso seduce a los hombres y en el mío a las ancianitas, poco tiene en común con este escribano provincial de las películas. Y sin embargo, desde las primeras escenas, uno se reconoce en su melancolía, en su despertar tortuoso de cada mañana. Me reconozco en su cara de panoli legañoso, en la mueca torcida que recibe la luz del día. Esto no es la saga Crepúsculo, con sus vampiros de opereta, sino la vida real, con sus hombres-murciélago que viven más felices en la oscuridad de la noche, donde todos los sinsabores son pardos, o en el cobijo del sueño, donde las ensoñaciones pintan cuadros abstractos de significados indoloros. George entra en la ducha, prepara el desayuno, se come las tostadas, planifica la jornada que habrá de mantenerlo ocupado, pero todo lo hace con el hastío de quien se enfrenta a varias horas interminables, deberes y gente, tiempo robado y estupidez incurable. Horas infinitas hasta que llegue la felicidad del ocaso, y las ovejas vuelvan a sus rediles, y los mochuelos a su olivos, y uno, por fin, ya recogido en su batcueva, vuelva a respirar el aire renovado que dejaron las ventanas abiertas, ya solo consigo mismo, y con las películas, y con los libros, con los tormentos  que uno ha elegido libremente para flagelarse.


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