Tusk

Kevin Smith ya no hace películas de humor transgresor. Los tiempos salvajes de Jay y Bob El silencioso se han perdido en la lluvia como lagrimones de la risa. La juventud de Kevin, como la nuestra, ha cumplido cuarenta y tantos años, y nos ha puesto en la edad de filosofar, y de sonreír con más cinismo que alegría. Los dependientes de Clerks se han convertido en padres de familia que llegan a casa derrotados, barrigudos, sin ganas de hacer chistes sobre los obreros masacrados en la Estrella de la Muerte, ni sobre vecinos que se rompieron la espalda tratando de chuparse su propia polla.



            En Tusk, su última película, Kevin Smith quiere hacer cuchipanda del cine de psicokillers, y uno, que vive cansado de este género reiterativo que atiborra las pantallas grandes y pequeñas, agradece el esfuerzo satírico de nuestro orondo y barbudo amigo. El problema es que el Kevin adulto no ha querido que el Kevin jovenzuelo tomara las riendas de la trama, y en esa lucha interior, Tusk se  ha quedado a medio camino de todos los géneros, y de todas las intenciones. A ratos es El silencio de los corderos y a ratos es Muchachada Nui (el asunto de la morsa, si no fuera por las latitudes del animal, bien podría ser una humorada manchega de Joaquín Reyes). Cuando parece que la película se decanta por una salvajada con diálogos al estilo de Quentin Tarantino, aparece Johnny Depp haciendo una mala imitación -o un homenaje sin gracia- del inspector Clouseau, y todos los esquemas vuelven a romperse y a enredarse. Tusk se queda en divertimento, en astracanada, en película  extrañísima e intraducible. Hay que verla para creerla. No queda otro remedio. Si el aburrimiento es mucho, y la curiosidad insaciable. Y si alguien, también, quiere conocer al tipo que un día se comió a Haley Joel Osment. Con patatas y Coca-cola. Y suplemento de McNuggets.


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