The imitation game

La realidad de mi vida y la ficción de mis películas han vuelto a cruzarse de un modo extraño. El mismo día en el que rematé un curso sobre el síndrome de Asperger, me encuentro, por la noche, en el castillo inexpugnable de mi habitación, con otro afectado por la misma discapacidad, uno muy famoso y ya fallecido, Alan Turing, el matemático que rompió el código secreto de los alemanes en la II Guerra Mundial, el mismo tipo que desarrolló los primeros computadores en la prehistoria de la informática, allá por los años 50.


Uno tenía muchas ganas de ver The imitation game, pues en la vida de Turing confluían la discapacidad social, la genialidad científica y la homosexualidad condenada por las leyes, todo un cóctel explosivo de trágicas consecuencias. Y el asunto del código Enigma, por supuesto, y el origen de los ordenadores, que ya te digo, y las reflexiones sobre la inteligencia artificial, que tienen su enjundia, y el famoso Test de Turing, que inspiró la prueba que Rick Deckard pasaba a los replicantes en Blade Runner. Turing tocó todos los palos, y en todos fue pionero y visionario. Su vida fue un drama muy complejo, muy rico en matices y en circunstancias históricas, que bien encarrilado habría dado para una película memorable. Porque Cumberbatch, además, que ya interpreta a otro Asperger de gran inteligencia en Sherlock, borda su papel a medio camino entre la lucidez y la tontuna.  



Pero The imitation game, en incomprensible Oscar al guión adaptado, es un película rutinaria, plana, de emociones muy calculadas y previsibles. De momentazos dramáticos que hasta los más lerdos podemos anticipar y resolver, y que vienen subrayados por esa música infame que siempre ponen en este tipo de películas, intrusiva, cursi, de ínfulas sinfónicas. Y mira que me sabe mal decir esto, por el bueno de Alexandre Desplat.

            A los personajes que rodean a Cumberbatch los hemos visto mil veces en otras películas. No son personajes, sino arquetipos, recursos muy manidos del melodrama o del culebrón. Todos están muy archisabidos y resobados.  No basta con que al principio nos pongan un rótulo de "basada en hechos reales" para que la historia adquiera la consistencia de lo verosímil. Las películas van por su propia cuenta, y tienen que trabajarse la credibilidad en cada línea de guión. Y aquí, en The imitation game, todo el mundo tiene el papel preasignado, la frase justa, el lloro preciso, el momento dramático reservado para su personal lucimiento. The imitation game es una película prefabricada, una fórmula magistral, un campo trillado. Aún quedan treinta minutos de película cuando el código Enigma es por fin descifrado –uy, que spoiler más tonto, quién lo iba a adivinar. De ahí hasta el final sólo nos queda el marujeo de los sentimientos, la grandilocuencia de los discursos, la literatura puesta en boca de actores que declaman como si estuvieran sobre las tablas de un teatro, hablándole a la calavera de Yorick.


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